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sábado, 8 de septiembre de 2012

Inicio de curso, como impartir las primeras clases

Decía el escritor Fernando Savater que los maestros deben ser conservadores hoy por rectitud de conciencia para que algunos alumnos puedan mañana ser revolucionarios con conocimiento de causa. Un objetivo fundamental del aula es dar conocimientos para que los alumnos desarrollen criterios propios y veraces. El paraninfo escolar por tanto no debe ser un lugar donde predomine la diversión, la distracción y la algarabía. De ser así no se enseñará ni educará a los retoños para que piensen por si mismos, en todo caso se les estafará con una educación de pan y circo. Se insiste, desconfíe del profe que es colega y divertido durante los primeros días. Al final el grupo se le convertirá en una jauría y poco podrá enseñar a los escolares. Mejor caer algo serio al principio y no ser colega de los alumnos, para, y en caso de hacerlo bien, que le quieran después. Usted puede detectar que docentes ofrecen esa distancia inicial a través de las conversaciones con su hijo. Para ello, todo profesor debe infundir una serie de objetivos que permitan que una clase funcione y que llegue a crear alumnos con criterio. Estos objetivos son el orden en clase, la memorización de conceptos esenciales, la síntesis entre estos y el esfuerzo personal bajo la humanidad y el buen trato en todo ello. Veamos primero el orden en el aula. Como padres no deberían aplaudir a docentes que permiten la charla y el paseo de sus hijos por la clase, eso anima al desorden y al distraigo. Un versado profesor debe hacer que predomine el silencio y el orden durante sus sesiones, no el desorden y la distracción. El orden permitirá que los escolares se concentren, se motiven y aprendan. Para gritos y momentos lúdicos ya hay los patios, los centros comerciales y los programas de telebasura. Para mantener el orden hay muchas estratagemas que todo buen docente sabe aplicar. Durante los siguientes párrafos detallaremos algunas de ellas. Antes de entrar en el aula un docente astuto sabe muy bien como debe acceder a ella. Quien considere enemigos a sus alumnos se equivoca y va con tensión hacia el patíbulo, hacia el aula, pero quien recuerda que él también fue adolescente como sus allumnos, gana gran parte de la partida. En tal caso le vendrá a la memoria que al profe inseguro y nervioso se le atacaba mientras que al firme y tranquilo se le respetaba. Por tanto siempre se debe entrar relajado y tranquilo entre los alumnos para que éste estado les inbuya igual condición a ellos. Si el docente entra tenso suele inyectar eso mismo entre los escolares. Aplauda pues a los docentes con fama de entrar tranquilos y relajados en el aula, señal inequívoca que sabrán infundir igual actitud en sus hijos. Esa paz al entrar también proyecta señales de seguridad en lo que se va a impartir. Ellos, los alumnos, saben captar esa bondad con autoridad del docente experimentado, algo que les infunde respeto y tranquilidad. Al docente histérico nadie le hace caso, es más, se ríen y mofan de él o ella. Algo muy efectivo para iniciar el silencio en el aula lo vi de bachiller con mi profesor de Geología. Éste entraba entre nosotros sin mostrar enfado alguno por nuestra algarabía. Llegado a su mesa se sentaba, y en voz baja y relajada, comenzaba la clase. En menos de un minuto lograba que atendiéramos y que en la siguiente sesión estuviéramos en nuestro puesto a la espera de sus explicaciones. Otros desafortunados docentes optan por alzar su chillido entre el aullido de los escolares. Una práctica así cansa, estresa y resulta un craso error en el Bachillerato. Cuando un profesor intenta forzar sus cuerdas vocales por encima de la de los alumnos aparece una voz irreal que éstos se toman a cachondeo. Por tanto no hay que alzar la voz en el aula para evitar este falsete. Ese tono agudo altera más a los adolescentes y les crispa más que no ayuda, algo que a su vez les anima más a la charla. Inconscientemente ellos sienten que son el centro de atención y no el docente. Para cambiar tal percepción un profesor diestro debe impartir la clase hablando en tono relajado, vocalizando sin prisas y dejando pausas serenas entre concepto y concepto para poder respirar. Permanecer toda la clase con taquilexia, nervios y ese eterno chillido tensiona a los púberes al intentar estar por encima de su ruido. Un buen profesor primero impondrà su silencio y después comenzará la clase. De todas formas la atención no se logra tan fácilmente. Me cuentan algunos profesores de universidad que muy a menudo los nuevos jóvenes asisten a las clases sin atender a las explicaciones y charlando entre ellos, añaden que en caso de preguntar lo hacen interrumpiendo al docente y sin levantar la mano. Quizás eso no se enseñó en el instituto. Durante las clases, y para mantener el orden, es bueno exigirles a los adolescentes que levanten la mano antes de preguntar, la izquierda o la derecha, da lo mismo. Con ello no se pretende nada fascista ni comunista, todo lo contrario, sólo se desea que haya un orden de preguntas y que los treinta alumnos del aula no lo hagan a la vez, algo imposible de atender por un solo profesor. Un buen truco que observé en una clase fue que si varios estudiantes levantaban la mano, el docente les daba un turno a cada uno y así todos las bajaban para así relajarse en espera de su número de cola. Eso daba orden y tranquilidad en el aula. Suele ocurrir que los púberes suelen ser muy ansiosos ante una demanda. Cuando preguntan en clase quieren que se les responda de manera inmediata, algo que no permite que apunten ni piensen con orden las ideas. En ello había una rima que utilizaba un profesor de Cerdanyola del Vallès. Éste les decía apunta y después pregunta, para así evitar la ansiedad de algunos y afianzar bien los conocimientos en sus anotaciones. Una vez el escolar había apuntado la explicación, el profesor atendía la duda. Algo que permite que en el aula se relajen y mantengan el orden son las anécdotas, es decir, los paros sin necesidad de apuntar. Un profesor de naturales utilizaba en gran medida sus viajes por el Tercer Mundo para ofrecer esos paréntesis que los alumnos agradecían. Pero no los daba a cualquier precio, sólo si la clase estaba en orden y en silencio. También otro profesor de bachillerato comentaba las ideas de filósofos en medio de sus clases de matemáticas, algo que chocaba a los alumnos, ¿qué tenía que ver Aristóteles y Platón con la ciencia? La anécdota en la ESO o Platón en Bachillerato sorprendía a los escolares a cambio de su atención y orden en clase. Mezclar asuntos de disciplinas distintas sin aparente relación, llama su curiosidad y les quita las ganas del desorden. Bajo esta estrategia la tutoría puede entrelazarse con la historia, la filosofía con las matemáticas y los hábitos con las naturales. Hablar del Tercer Mundo en tutoría tras previa clase sobre países africanos refuerza la sensibilidad del alumno, comentar que algunos pitagóricos se suicidaron al descubrir los números irracionales sorprende al más pasota, o discutir lo pernicioso que puede resultar el tabaco después de una clase sobre el sistema respiratorio hace que el mensaje en naturales llegue más claro. Pero muy a menudo el problema para mantener el orden en el aula es la cháchara que algunos alumnos se niegan a abandonar. Hacerles mantener el silencio y el respeto hacia los que sí quieren atender sin charlar resulta algo muy complicado. En cursos con buena motivación como suelen ser muchos bachilleratos, el retirar la palabra si uno chismorrea demasiado suele ser efectivo. Pongamos el caso que se lleva avisando varias veces a un alumno por sus chácharas con el de al lado. En el momento que éste pide ayuda, pregunte o quiera aportar un comentario, se le deniega el derecho a la palabra. Con simpatía, para evitar rebotes, se le dice, antes ya te he avisado, hablabas, pues ahora no tienes voz en clase. El alumno debe ganarse ese derecho y no vivir de regalos. En grupos más díscolos la sanción justa y el ganarse poco a poco al grupo resulta mano de santo. Si ellos creen y confían en el docente, le siguen en el silencio y el orden requeridos. El castigo debería ser lo último para lograr el orden en clase. De todas formas el docente no debe esperar demasiado en el uso de tal herramienta si desconoce todavía a sus alumnos. Si usted como padre detecta un profesor que genera orden y no castiga, ese es un buen docente, controla al grupo con su autoridad y no con su autoritarismo. Por tanto, no piense que sea un profe progre y colega, seguro que al principio de curso impuso su disciplina de alguna manera. En eso los educadores deben decretar la sanción en el momento justo de la infracción y no esperar a luego porque luego será jamás y el adolescente habrá perdido la noción del error que cometió. Muchas veces por devaneos burocráticos se expulsa a un escolar semanas más tarde de su pecado y éste muestra una reacción iracunda al creer menos grave la falta cometida. Se puso tierra por medio y el adolescente perdió la perspectiva real de lo que perpetró. También es importante que al dictaminar la sanción en el momento de producirse el incidente, no se dé demasiados argumentos ya que el escolar está alterado, el delito es reciente y la pistola humeante. Poco puede decir el púber en su defensa. Pero, y llegada la calma, debe ofrecerse diálogo y reflexión al rapaz. Aquí sí que valen las argumentaciones necesarias, pero no se pase, con unos minutos basta. Hay que tratarles como un adulto, ellos lo desean. Para ello el educador tiene que ser sincero y explicarle la verdad. Un profesor de Barcelona en eso era muy cristalino. Ante un alumno muy díscolo, y si este aceptaba escucharle pasado el vendaval de la sanción, le contaba claro y sin dulzuras lo que se decía de él entre los profesores, padres y compañeros de clase. Añadía que su perfil era el típico de alguno de los diagnósticos de moda del momento por los psicopedagogos, y le preguntaba al alumno si él era eso, una caso previsible, un ejemplo más de esa situación, que si quería cambiar estaba en su mano, en otro caso sus coetáneos seguirían pensando de él siempre lo mismo, que era el prototipo de algo predecible. Téngase en cuenta que los adolescentes lo que quieren ser ante los adultos es todo menos previsibles. En su naturaleza está el ímpetu del cambio, no el de lo conservador, ¿acaso piercings y tatoos se dan en ancianos de ochenta años? En sus ansias de mejorar el mundo, la urbanidad no está reñida con el mundo de los adolescentes. Un ejemplo importante de ello se da en la puerta del aula, algo que nos sirve de nuevo para ilustrar como infundir orden en la misma. En caso de retraso o entrada de un alumno en medio de una clase, éste debe llamar a la puerta. No es nada atávico ni pasado de moda, simplemente es práctico. Quien entra debe avisar de su intromisión para prevenir que la clase va a interrumpirse temporalmente. Luego, y en privado, debería acercarse al docente para exponer la razón de su entrada, retraso o encargo. Un docente que procure por el orden en el aula exigirá tal protocolo. Un tutor de Valls en la provincia de Tarragona reaccionaba de la siguiente manera si el alumno no llamaba a la puerta. Con buen humor y desenfado, le explicaba el protocolo requerido, le pedía que saliera del aula y que repitiera la entrada tal como se había indicado. En esta nueva ocasión el docente teatralizaba la llegada con un, buenos días, ¿cómo tú por aquí? La clase se reía y aprendía. El humor en todo esto resulta fundamental. Todos los humanos interpretamos de manera innata muchos signos, uno es la sonrisa. Recuerde que ésta desarma y en cambio las cejas juntas ponen a la defensiva. Mejor escenificar un monólogo al mejor estilo Buenafuente donde la clase preste atención que no una pelea que correrá por todo el isntituto bajo los más grises comentarios, en fin mejor caer en gracia que en desgracia. Un buen chiste al volver a casa suele no recordarse, una contienda es chafardería de días. Hablando de urbanidad y orden en el aula, otra de las grandes peticiones olvidadas y que lubrifican cualquier tensión es el por favor. Estos dos vocablos casi se han extinguido en algunos hogares y aulas. A un docente no debería causarle pereza ni usarlos ni exigirlos a sus alumnos. Estas dos palabras, por favor, relajan al preguntado y facilitan cualquier demanda por parte de quien sea. En clase el por favor debería anteceder ruegos e instancias de nuestros escolares por el simple hecho que facilita el acceso a lo requerido. En sentido muy parecido hay otra palabra exigible a los chavales que resta ansiedad y presión al final de un conflicto, perdón. La disculpa sigue igual derrotero que lo anterior. Y llegamos a otro truco para crear orden en el interior del aula, el tempo entre explicaciones teóricas, momentos de descanso y actividades de aprendizaje. La trilogía anterior resulta crucial para encumbrar la cima del orden en clase. Si el docente no equilibra los tres espacios mencionados, los alumnos se le cansarán a media sesión y dejaran de prestarle atención. Lo que sigue no es taxativo, pero sí es aconsejable. En primer ciclo, primer y segundo de la ESO, 20 minutos de explicación, 20 de actividades y 20 de corrección y dudas. Recuérdese que la palabra juego la agradecen mucho y que no están acostumbrados a largos tempos de concentración ni a muchos deberes en casa. En segundo ciclo, tercer y cuarto de la ESO, de 30 a 40 minutos de explicación y el resto ejercicios con correcciones y deberes para luego. En bachillerato y ciclos formativos se puede pasar de los 40 minutos y delegar gran parte del trabajo en casa, tanto de deberes como de ampliación de apuntes. En todos los niveles hay que añadir esas pizcas de descanso con anécdotas, comentarios u observaciones sin necesidad de apuntarlas o trabajarlas en clase. En ese intervalo un docente puede mostrar su lado personal y humano que le lleve a ganarse a los alumnos. Hablar de una experiencia cuando él era adolescente, de un viaje o de una situación histórica por el testimoniada puede llamar la atención de su alumnado, pero alto, no se debe pretender que le admiren, sólo que confíen en él. Fantasmear ante los chavales no sería digno de un buen docente, no daría ejemplo de humildad. Siempre bajo la modestia, y para potenciar el respeto hacia los docentes, es útil hacer descubrir a los estudiantes los méritos personales de los profesores del centro. Ello despierta su respeto y admiración humanas. Lo mismo sirve hablar bien de otros docentes ante los alumnos vanagloriando sus méritos. << El profesor Riduestre colabora a menudo con una ONG visitando Madagascar, y de ello tiene publicado un libro>> A estas alturas parece bastante claro que para que haya orden en clase debe haber autoridad. Eso nos lleva a una afirmación que a veces no gusta a algunos, pero que como en cualquier empresa o ejército que defienda el estado de derecho se aplica y a nadie le parece mal. Un negocio, una defensa militar y un aula no deben ser una democracia, en otro caso los alumnos podrían organizar unos comicios y votar en contra de ir al colegio, algo que les viene obligado por ley hasta los dieciséis años. Si así fuera, ¿qué le parecería si ahora los alumnos impartieran las áreas y sancionaran a maestros y padres? ¿Acaso en una empresa se deciden todas las cosas por comicios? Valore por tanto a los docentes que controlan a sus alumnos y aún siendo demócratas, imponen normas claras entre derechos y obligaciones. Para ello era de gran ayuda una estructura que fue expulsada del aula por la reforma y por razones presuntamente democráticas. Ella fue eliminada por real decreto como si de una estatua del antiguo régimen se tratara. Se decía que elevaba en demasía la figura del docente. Ella, aunque altiva, era útil, ella, la tarima, suponía más ventajas que pegas cuando se impartían clases. La tarima resultó una herramienta de alto copete por una razón inapelable, permitía dar mejor las explicaciones a los alumnos, eso sí, siempre hubo riesgo de caerse y romperse la crisma. Quizás por eso la quitaron, para que el sindicato no exigiera un plus de peligrosidad para los docentes. Las ventajas prácticas de la tarima para infundir el orden por clase eran muchas. Por un lado la pizarra estaba más elevada ofreciendo mejor visión a los alumnos del fondo, por otro la proyección de la voz del docente dentro del aula era mucho mejor sin tener que recurrir a terapias de foniatría como a veces son harto necesarias, y por último la tarima permitía una mejor observación del grupo clase para conocerlos y dirigirlos mejor. La tarima no era soberbia, era simplemente más práctica pero la pedagogía teórica encontró que era anacrónica y distante con los alumnos, al menos eso se argumentó cuando fueron exterminadas de las aulas con decretos reformistas. Que los escolares vieran al profe en posición alta, decían, no favorecía el concepto de igualdad entre humanos ni tampoco el trato más cercano entre docentes y adolescentes. En parte se pretendía con ello que los profesores fueran colegas de los adolescentes, algo falso y perverso. Aunque profesores y alumnos no fueran iguales ni en derechos ni obligaciones, alguien se inventó la falacia de la igualdad y a un dirigente le pareció algo fantástico dada la democracia vigente. En ese caso, ¿cree usted que por tal razón se deberían haber suprimido todos los escenarios de los teatros y óperas para que público y actores se sintieran al mismo nivel? Ya ven que la reforma ejecutó la tarima sin dejar que los últimos de la platea vieran bien el escenario de la pizarra. La caída de la tarima fue fruto de eliminar el recuerdo de ese profesor dictador franquista que muchos sufrieron en las aulas del generalísimo. Los nuevos pedagogos quisieron apartarse tanto de ese personaje distante y azotador que cayeron al otro extremo de la balanza. Lo paradójico de ese alejamiento fue que la tarima franquista ya existía en otra época anterior y democrática, ya existía durante la república. Alégrese por tanto si en su centro todavía quedan tarimas por las aulas. Ha sido obvio que algunos legisladores se han excedido en la concesión de derechos con los alumnos al tratarles como adultos cuando todavía no lo son. Sirva de ello lo que viene a continuación. El artículo 3 de la Ley de Menores dicta lo siguiente: “Los menores tienen derecho a la propia imagen (¿pero quién les debe pagar los piercings?) […], tienen derecho al secreto de sus comunicaciones (¿y cómo averiguar si compran o venden drogas por Internet?) […], tienen derecho a la libertad de ideología (¿y si decidían hacerse nazis?) […], tienen derecho a la libertad de expresión (¿y si se dedican a los graffitis pintando paredes que no son suyas?)…”. En fin, quizás nos olvidamos de buscar el equilibrio con la otra parte del contrato de los derechos, las obligaciones. Hasta un benjamín puede denunciar a un educador por vejación si éste le corrige verbal y enérgicamente por una falta. Demasiada democracia mal comprendida, ¿no creen?¿O acaso la democracia se convirtió en un juego de intereses entre partidos políticos, capitales que les subvencionaban y favores mutuos entre ambos? En todo caso, el aula no podrá ser una democracia pero sí un laboratorio de ideas para poseer conocimientos y criterio. Para ello habrá que abordar el segundo de los factores para dirigir correctamente una clase, la memoria.

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