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viernes, 10 de enero de 2014

FRACASO ESCOLAR o FRACASO POLÍTICO (1)

FRACASO ESCOLAR o FRACASO POLÍTICO De Padres a Profes Registro Propiedad Intelectual 02/2012/4869 Culpabilizar a padres y docentes del fracaso escolar vigente resulta una estrategia harto utilizada por unos u otros expertos. Quizás sea mejor olvidar a los culpables y difundir las soluciones que han demostrado ser aplicables y útiles en otros países. Durante las próximas páginas se ponderarán todo un corolario de acciones educativas que muchos padres y profesores de diferentes nacionalidades utilizan con éxito, unas ideas cuya trascendencia, de compartirse ampliamente, reducirán en gran medida el fracaso escolar. Por un lado, y durante el ensayo, se irá examinando qué deberían esperar los progenitores de los centros educativos de sus hijos, y por el otro lo que ellos mismos podrían aplicar para mejorar los niveles académicos y conductuales de sus retoños. De forma equivalente se analizarán toda una serie de estratagemas que los docentes también podrían desplegar para mejorar su profesionalidad entre aula, adolescentes y familias. De Padres a Profes expone como se puede establecer el pacto educativo entre progenitores y profesores con el simple objetivo de educar a las generaciones futuras bajo el placer de aprender. Los humanos, si así nos aleccionan, hallamos gozo en algo innato, antiguo y esencial como es la belleza de la curiosidad y su máxima consecuencia, el aprendizaje, un camino que cruza tres puentes hasta llegar al placer de comprender lo que nos rodea. La trilogía anterior de viaductos es la curiosidad inicial, la búsqueda posterior y la comprensión final. Si nuestra enseñanza logra preparar a sus alumnos para que sepan impulsar su curiosidad, lanzarse a la indagación y finalmente comprender algo nuevo, su aprendizaje no resultará una lápida que soportar, sino unas alas con qué volar deleitosos. Este libro pretende reflexionar sobre las pautas que orientan, preparan y convencen de ello a nuestros futuros adultos, los escolares. I. EN FAMILIA Introducción Con demasiada insistencia se culpa a los padres de los problemas educativos del país, algo que resulta en gran manera exagerado e injusto. La mayoría de progenitores hacen lo que deben y educan bien, sólo una minoría, como en toda estadística, fallan en su objetivo. En este libro no se acusa por tanto a los padres del fracaso educativo vigente, sino todo lo contrario, se les ofrece lo que deben esperar de su centro educativo para ayudarles en la educación de sus hijos. Se han recogido para este libro un gran número de trucos prácticos y efectivos de educadores y padres con experiencia. Durante el texto se destilarán estas estrategias que los institutos aplican por aulas y pasillos, estrategias que permiten evaluar si el centro donde estudian sus hijos resulta efectivo. Pero este compendio de reflexiones no sólo va dirigido a los padres sino también a los docentes ya que en estas páginas hallarán hábiles estratagemas para mejorar sus clases. En fin, De Padres a Profes ofrece un trato entre ambas partes para reforzar un mismo frente, el educativo, y así cumplir, unos en casa y otros en clase, lo que debemos hacer conjuntamente: tratar, comprender y educar a los adolescentes. Insisto, como padres sabrán que deben esperar del instituto, como profesores trucos para mejorar sus relaciones y autoridad entre los adolescentes. Para todo ello se viajará por todo un curso académico para analizar los diferentes sucesos del mismo. Qué centro escoger, qué profesores valorar y qué esperar de un final de curso serán capítulos que se irán hilvanando a lo largo de este ensayo. El final culminará con el título de este libro, De Padres a Profes, es decir en el contrato que debe existir entre ambas partes y en el perfil óptimo de unos y otros a efecto de educar correctamente. Ser padres resulta hoy en día una de las asignaturas más difíciles de la vida. En primer lugar poco se enseña a serlo, en segundo debes aprender rápido cuando los nueve meses dan a luz. Este salto a la otra orilla, la materna y la paterna, implica un gran compromiso, que no implicación. Recuérdese que en unos huevos fritos con jamón la gallina se implica pero el cerdo se compromete. La educación de un hijo empieza antes de concebirlo. Preguntarse cuál es la razón que nos impulsa a tener ese zagal es de suma importancia para sus próximas décadas y formación venidera. Las razones que conllevan concepciones pueden ser múltiples: fruto del amor, del reloj biológico, del deseo de compañía, del azar no deseado, de querer consolidar el proyecto de pareja, de la consigna vaticana tantos hijos como diga Dios, o del anhelo de perpetuar el legado de la propia estirpe, aunque existe una que no se ha mencionado y que ostenta la mayor importancia, el deseo de educar en la autonomía, la responsabilidad y el respeto, el deseo de crear un gran ser humano. Así pues, ese bebé que se encargó a la cigüeña, a París o al hospital del in vitro, debe ser diana de este objetivo, educar. En otras palabras, hay que parir pensando en educar y no en París pensando en parir. A largo plazo el objetivo de todo educador, padre, madre o docente, debe ser conectar, hacerse líder y autoridad entre los niños. Si confían en tu experiencia no cuestionan tanto tus consejos y acceden a ellos, algo que permite nuestro objetivo, enseñar y educar a nuestros hijos o alumnos. Ellos deben confiar en nosotros para que nosotros podamos confiar en ellos. Hay que alimentar ese pez que se muerde la cola, la confianza genera más confianza. De hecho en uno de los países con mayor éxito académico, Finlandia, cualquier docente resulta el líder indiscutible de la clase. Visto esto, puede que haya padres que se hallen tentados de pedir en qué parte de los estatutos de su centro se especifica cómo alcanzan los docentes la confianza con los alumnos, hasta puede que insistan que le envíen muchos informes de las actividades a tal efecto. La verdad, mejor no sumergirse entre tantos papeles, un colegio con tanta burocracia es malo. Redactar todo ese galimatías que alguien exigió ha implicado perder mucho tiempo, tiempo perdido en lo teórico, lo escrito, que luego no se puede aplicar en la práctica, en el aula. Es decir, fíese más de los centros con la justa burocracia ya que allí se prima más la efectividad por experiencia que por demagogia. Toda burocracia justifica el sueldo de burócratas, no de profesionales en el aula. Mejor una espléndida clase que miles de informes, reuniones y comunicados entre padres y escuela. Para dilucidar este punto hay que saber escoger un centro educativo que se adapte lo mejor posible a las necesidades familiares y que a su vez evite un exceso de trámites innecesarios. Centros públicos o privados El buen ejemplo educa pero el malo confunde. Muchos teóricos y políticos que diseñaron la reforma educativa de la enseñanza pública, la LOGSE, y sus posteriores versiones, la LOCE y la LOE, matriculaban a sus hijos en escuelas privadas elitistas que no aplicaban la reforma al cien por cien. Este hecho llevó a pensar que la reforma no era tan buena y que mejor enviar a los retoños a colegios privados. Cabe decir que los centros de minorías, menos del 5 por ciento en todo el estado, son centros que no perciben dinero alguno del estado y que representan un sistema educativo que dicen evita el fracaso escolar de muchos chavales. Cabe añadir que tras el fiasco académico suelen seguir el descalabro profesional, cívico y hasta el personal, el conyugal y el familiar. La educación moldea a nuestros rapaces para que se conviertan en buenos profesionales, humanos justos y personas críticas, educar conlleva transmitir los conocimientos correctos que los adultos sabemos y a su vez ayudar a su comprensión. En ello la buena pedagogía será el arte de saber enseñar y hacer comprender lo más rápidamente posible todos esos conocimientos a cuantos más alumnos mejor, algo que en conjunto ha sido, desde la Ilustración del XVIII hasta nuestros días, el objetivo básico de la educación moderna y hasta de la clásica. Educar proviene del vocablo latín exducere que significaba extraer, llevar hacia delante a algo o a alguien. La educación cuenta con dos partes asimétricas, quien enseña a alguien (insignare o indicar) y el que aprende del mentor (apprehendere o hacia la comprensión). En resumen, para los clásicos educar consistía en guiar en la transmisión de conocimientos ayudando a su correcta comprensión, algo no muy distante del concepto de hoy en día. Matizado todo lo anterior, uno puede preguntarse que centro debe escoger que reúna los objetivos básicos educativos. En nuestra cultura europea nos han insistido demasiado con el maniqueísmo y ahora nos encanta vivir pensando que todo puede ser bueno o malo, blanco o negro, PP o PSOE y público o privado. Sumidos en ese esquema dual del mundo no nos damos cuenta que cada situación es singular y desigual al resto. No existe sólo el blanco y el negro, hay infinidad de grises. Ni los centros privados son mejores que los públicos ni estos tienen mayor número de recursos que los primeros, todo depende de cada instituto en concreto. Hay muchos factores en juego e insisto, cada centro es cada centro. Uno puede ahorrarse pagar por un centro privado tan caro si puede y sabe elegir un buen instituto público, siempre y cuando en su localidad exista una cantidad y calidad diversa de éstos. En caso de residir en una localidad modesta no podrá elegir mucho y lo que se diga en este apartado no le podrá aportar mucho. En caso de vivir en una gran urbe, no se sitúe a favor de lo privado o lo público, estudie el centro donde está su hijo y verá los pros y los contras como en todas partes. Sea privado o no, los aspectos que ahora detallaremos definen si un centro busca la excelencia o si anda perdido en la mediocridad: primero el instituto debe ostentar buenas relaciones entre dirección y administración local, segundo debe existir una dirección diligente, experimentada y con normas claras en asuntos disciplinarios, tercero, un claustro de profesores estable y eficaz, y cuarto y último, unos docentes líderes de grupo pero no colegas de alumnos el primer día de clase. Si todo ello se da en un centro, se crea un equipo eficaz que emanaba concentración y buen ambiente en el aula, no desorden y algarabía. El primer punto, el de buenas relaciones entre administración local y dirección resulta una señal inequívoca para obtener los recursos necesarios en su centro. Una mala relación entre ambas partes levantará resistencias en acuerdos y esfuerzos comunes para beneficios mutuos. Aquí dirección debe tener buenas dotes de política para obtener de la administración aquellos recursos que gestiona como son profesores auxiliares, talleres de urbanismo y financiación de logística para el centro. El segundo, una dirección diligente, experimentada y con normas claras en asuntos disciplinarios resulta básica para generar un ambiente de trabajo y civismo en el centro. En este sentido el equipo directivo debe cumplir tres requisitos básicos. El primero, la defensa del docente y no del cliente. Dar la razón a padres o alumnos en contra del educador pudiera implicar que los no profesionales en el aula mandaran sobre los sí entendidos en esta. En otras palabras, si dirección le da la razón a la primera y no defiende a sus profesores, desconfíe de ella. El segundo es que la dirección de su centro debe ostentar una clara autoridad frente a los docentes. Si estos desafían o no confían en ella se pierde la unidad educativa del centro. Y el tercero, el equipo directivo debe felicitar o recriminar los buenos o malos quehaceres de sus educadores. En fin, si dirección logra ser líder en el colegio alcanzará grandes posibilidades de éxito, en caso contrario el centro irá de mal en peor. Su hijo le contará todo esto durante las cenas. Los chavales, aunque a veces no lo parezca, se percatan de todos los entresijos del centro, de quien tiene autoridad y de quien no, de qué profesor domina o no su materia y de si dirección coordina bien o mal el centro. Charle con ellos y obtendrá toda esa información. Por ejemplo, fíjese si el equipo directivo obliga a sus docentes a asistir a cursos de reciclaje que no sean chorradas, si crea estructuras efectivas para la detección y corrección de alumnos con dificultades, si coordina con fluidez y precisión el paso de información de los alumnos primaria a sus profesores de secundaria, si asigna horas a todos los tutores para atender a familias y estudiantes, si elabora protocolos de acción escolar que todos, tanto docentes como alumnos, conocen al dedillo, y por último si existe una evaluación de todo el profesorado por parte de todos los alumnos no para ofender su trabajo, sino para implicar mejoras en su manera de enseñar sin rebajar jamás su exigencia. La perfección requiere el espejo exterior de quienes te observan, sinceridad con uno mismo y unas dosis de humildad. En todo ello no se ha mencionado el polémico decreto de autonomía de centro, una ley que pretende que cada centro diseñe sus proyectos educativos y curriculares. Según el informe PISA este factor no resulta primordial para reducir el fracaso escolar ya que hay países con autonomía de centros con resultados envidiables y otros nefastos, por tanto no existe una relación clara entre éxito académico y autonomía de centros por mucho que se emperren algunos políticos. Según el segundo informe McKinsey si el nivel de un centro es bajo mejor que no haya autonomía de centro y que sea el estado quien intervenga. Si por el contrario el nivel es alto, ese centro le irá muy bien su autonomía y sabrá como distribuir currículos y alumnos. En resumen, una autonomía de centro bajo un equipo docente mediocre empeora las cosas, mientras que esa misma autonomía en riendas de un competente claustro logra reducir en gran medida el fracaso escolar, sobretodo si el centro exige exámenes de nivel para pasar de ciclo, algo que en muchos países lo gestiona externamente el Gobierno. El tercer aspecto, el de una plantilla estable evita pérdidas de tiempo. Un nuevo curso con demasiados profesores nuevos obliga a entrenar a éstos en los matices del centro que les recibe. Por tanto, los cambios frecuentes de plantilla sólo desestabilizan el ideario del instituto. Además un aspecto para lograr la excelencia de un colegio descansa sobre un buen claustro que lleva años conociéndose y entrenándose, algo así como la cantera de Pep Guardiola, ahora de Tito Vilanova. Con una plantilla estable y bien elegida por la propia dirección se perpetua un gran ideario educativo. Finlandia, que ostenta el mayor rendimiento escolar europeo, posee el mayor grado de autonomía en sus centros. El compromiso de los equipos directivos para elegir a sus profesionales resulta clave en el éxito educativo finlandés. En la península pasa lo contrario, si una escuela consolidó un claustro estable y eficaz es cambiado en breve, ¿por qué? La normativa manda que las plazas de muchos docentes salgan todos los años a subasta. Es decir, otro funcionario de mayor antigüedad y externo al centro puede desplazar a quien ya formaba parte del equipo estable, excelente y eficaz. Nuevas leyes pretenden corregir esto, pero la inercia lleva años y un cambio como el anterior perjudicaría a quienes llevan tiempo acumulando puntos para acceder al centro deseado. Toda mejora conlleva sacrificios. El cuarto punto, el del buen maestro, es vital para ganarse la confianza de los alumnos en el aula, algo que de rebote logra la de los padres. Ese triángulo, docentes, escolares y padres, pivota sobre la autoridad del docente en el aula, una autoridad que debe llegar de serie por ley pero que debe ser reforzada por el perfil del buen profesor. Un docente así no debe ser amigo de sus alumnos el primer día de clase, aunque tampoco enemigo de ellos. Ese aspecto dual del profesor, no amigo pero tampoco enemigo, persigue algo muy útil en el aula, el respeto mutuo. En breve se detallará todo esto en otro apartado. El buen maestro también debe dominar lo que imparte y con ello estimular a sus alumnos con clases ordenadas, ejercicios de complejidad creciente y anotaciones claras en la pizarra. La humildad también se halla en los mandamientos de un correcto educador, un buen maestro jamás debe esperar que le admiren, debe desear que le superen. La soberbia aleja a los alumnos de un docente y se pierde la confianza que perseguíamos antes. Otra faceta relevante es que un buen profesor debe saber defender los intereses de sus alumnos por encima de otros malos educadores. Cuando ello ocurre, los alumnos se dan cuenta y deciden confiar en su educador. En este sentido un buen docente debe educar con el ejemplo aunque si un día falla, simplemente demostrará ser humano, algo humilde que también le acercará a sus alumnos. Pero algo muy importante de un buen profesor que no va con sus alumnos sino con sus compañeros. El educador correcto también debe apoyar al resto de docentes y no entorpecer su tarea. A menudo algún docente opina ante los alumnos de forma muy distinta de otro usurpando su autoridad. Mejor comentar las cosas en privado y buscar acuerdos para plantearlos como un frente común ante los escolares. Sólo añadir que todos los requisitos anteriores también deben hallarse en el cuerpo directivo del centro. Sólo así se alcanzará la excelencia que los padres desean de un centro. Por tanto, y sin tener en cuenta si éste es público o privado, busque y exija institutos en donde se apliquen todos los puntos anteriores que, por si no se percataba, conllevan implícitos el esfuerzo y la disciplina. En este sentido algunos docentes veteranos afirman que antes de la reforma los centros públicos eran mejores que los privados, pero que después de la LOGSE el nivel de esfuerzo y disciplina bajaron tanto que la concertada y la privada quedaron por encima de los anteriores. Si eso fuera cierto mejor lleve a su hijo a la privada, o a lo sumo a la concertada. Piense que una mayoría de nuestros gobernantes lo hace aunque haya públicas de calidad. De todas formas analice todo lo descrito durante este apartado y vea si algún instituto público lo cumple. Si lo halla se ahorrará una cara educación privada.

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