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jueves, 24 de abril de 2014

JESÚS HISTÓRICO 9: EL BAUTISMO DE JESÚS

El bautismo de Jesús en el Jordán marcó una clara diferencia entre las anteriores elaboraciones evangélicas y la historia real cotejada. Como hemos visto, y antes del bautismo, el Nazareno era un personaje desconocido, de orígenes supuestos y repletos de amagos en los evangelios. A partir del bautismo, como todo rito de iniciación y purificación, Jesús aparece como un personaje real e investido de poder ante todos los demás. De hecho la tradición oral guardará muchos más detalles a partir de ese momento que no antes, hechos mucho más contrastables que los anteriores. Para ello hay que analizar el personaje que lo bautizó, Juan el bautista. Juan el bautista fue un profeta popular al devenir un fuerte opositor de Herodes entre los años 27 y 28 d. C. Cabe recordar que la casta herodiana ostentaba una monarquía, que no de sangre, pero sí por condescendencia romana. Bautizando en el Jordán, cerca de Betania, no la cercana a Jerusalén, el bautista iniciaba a los suyos en su causa. Jesús al bautizarse se hizo de ellos como otros futuros discípulos del Nazareno (Marcos 1, 9-11). Entre ellos cabe mencionar a los siguientes: Simón, quien Jesús renombró con el apodo de Kepa´, la piedra en arameo, cefas en hebreo, petros en griego, y que la ortodoxia cristiana terminaría llamando Pedro; su hermano Andrés que también se haría adepto de Jesús, siendo ambos, Simón y Andrés, hijos de un tal Juan de Galilea; y también Felipe de Betsaida y un tal Natanael que serían otros discípulos de Jesús, y antes seguidores del bautista. En resumen, tanto Jesús como muchos de sus seguidores hallaron su origen en tierras galileas como también en las enseñanzas del bautista. Todos ellos bajaron a iniciarse en Judea donde bautizaba Juan. De la relación entre Jesús y el bautista hay muchas suposiciones. La tradición cristiana dice que el bautista y el Nazareno eran primos. Por otro lado, los evangelistas, al igual que Jesús, también mostraron divino al bautista. El nacimiento de Juan siguió iguales cánones que el del Nazareno. En el protoevangelio de Jaime se indica que hubo una anunciación y un nacimiento virginal, algo que nuevamente guarda paralelismos con la religión del antiguo Egipto y el bautismo de sus faraones: la reina y diosa Isis sabe que espera un nuevo faraón, un hijo de Dios, de Ra, ante la anunciación de Thot. Por otro lado, los evangelios nos dicen que sendas madres de ambos, María e Isabel, se conocían o que, según Lucas, eran primas (Lucas 1, 26-56). Tanta casualidad entre Jesús y Juan bajo madres vírgenes y anunciaciones divinas perseguía objetivos más mesiánicos que no históricos. Con el hecho que un ángel anunciara a Isabel que su hijo, el bautista, sería ungido por Dios, se estaba ensalzando al personaje como divino añadiendo un mito egipcio, El Cuento de Satmi. Debemos recordar aquí que los faraones nacían sin concepción, algo que les otorgaba ser hijos de los dioses. Los Evangelios con la anunciación de Jesús y la de Juan nos querían insinuar que ambos cumplían las profecías para ser los enviados de Dios, los Mesías de las profecías judías. En las tradiciones egipcias el bautismo indicaba el paso a Rey o faraón, el paso al poder, lo que en los evangelios significa el paso al Mesías. Si según los evangelios Juan y Jesús eran primos, ambos poseían linaje real para llegar a Mesías según las profecías. Juan negó serlo y dejó este podio para el Nazareno. Jesús, quién bajó al Jordán, se hizo bautizar por Juan, un gesto en donde Jesús reconocía adoptar la causa del Bautista y adscribirse a su movimiento.

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