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miércoles, 2 de septiembre de 2015

LA SIMA DE LOS HUESOS: ENTERRAMIENTOS BAJO DUDA

En todos los textos y libros de nuestros escolares consta una interpretación que ha calado como verdad indiscutible, que en la Sima de los Huesos de Atapuerca sucedió el primer enterramiento ritual de la humanidad hace unos 400.000 años. El origen de tal interpretación vio su luz en diversas publicaciones a finales de los noventa. Esta es la posición que defiende actualmente el equipo de Atapuerca. Recientemente la revista científica Spanish Journal of Palaeontology ha publicado un artículo que desmonta esta opinión. La ciencia abre la puerta al debate entre la ortodoxia y las nuevas aportaciones. El yacimiento de la Sima de los Huesos en Atapuerca contiene la mayor concentración de neandertales primitivos de todo el mundo, y esto en sólo cuatro metros cúbicos de lo excavado. Para explicar esta condensación de fósiles humanos el equipo de Atapuerca creó toda una iconografía que se ha impuesto hasta hoy en día. En la mayoría de libros de texto, en la prensa, museos y exposiciones se exhiben pinturas e imágenes donde unos neandertales primitivos arrojaban a sus fallecidos de forma simbólica al interior de una antigua sima. Este retrato se ha fijado en la memoria colectiva y ahora resulta casi imposible extirparlo de la creencia de muchos, una imagen miente más que mil palabras. Para el doctor David Rabadà, autor del artículo en la revista Spanish Journal of Palaeontology, los cadáveres de la Sima de los Huesos no fueron el resultado de un enterramiento ritual. Primero fueron víctimas de algún gran depredador que devoró las carcasas en alguna cavidad superior cercana a la Sima de los Huesos. Posteriormente carroñeros de menor tamaño dieron con el resto de los banquetes. Finalmente las aguas que excavan las cuevas los arrastraron, dispersaron y acumularon en la base de una de sus simas, en la Sima de los Huesos. Pruebas de todo ello se hallan sobre los restos humanos estudiados. Por ejemplo, faltan más de un sesenta por ciento de los restos originales, sobretodo vértebras y cráneos. Si el enterramiento hubiera sido intencionado, deberíamos encontrar una pérdida de partes anatómicas y desarticulación mucho menores, un cadáver en un pozo sin salida no anda y pierde sus huesos. Otro dato son las rozaduras en diversos cráneos sin señales de cicatrización. Arsuaga, coordinador de la excavación de Atapuerca, ha propuesto que dichas lesiones fueron debidas a pedradas en vida causadas entre los mismos neandertales cuando jugaban. Para el doctor Rabadà parece más lógico que esas rozaduras fueran golpes producidos contra las paredes de las cueva cuando las corrientes los arrastraban. Cabe añadir en este sentido que muchos huesos se hallan redondeados por las corrientes de agua. La única hacha de mano hallada, Excalibur, y según estudios de otro codirector de las excavaciones, Eudald Carbonell, mostraba abrasión debida a los limos y arenas, hecho congruente con las corrientes de agua que esculpen las cuevas y transportan los restos fósiles en ellas. Otro dato que no encaja con los enterramientos rituales defendidos por el equipo de Atapuerca son las marcas de mordedura sobre todos estos huesos humanos, signo inequívoco que fueron cazados o devorados por depredadores. En este sentido la edad de estos neandertales al morir arroja nueva información. Hay que partir de la idea que los fósiles son cadáveres del pasado y que como tales, deberían reflejar la tasa de mortalidad de la población original. En los actuales cazadores recolectores la tasa de mortalidad infantil es muy elevada seguida por la de los ancianos, algo que también ocurría en las poblaciones de neandertales. Así pues, si el yacimiento de la Sima fue generado por enterramientos intencionados, debería contener un elevado número de niños y ancianos entre los fósiles. Según datos publicados por el equipo de Atapuerca sucede todo lo contrario. Así existe un predominio claro de adolescentes y jóvenes ante una escasez pasmosa de niños y ancianos. Esto, y según Rabadà, no indica una tasa de mortalidad sino de accidentalidad. Sabemos que adolescentes y jóvenes suelen ser intrépidos alejándose de los núcleos familiares más que bebés y ancianos. Este hecho conllevaba que adolescentes y jóvenes sufrieran mayor depredación. En este sentido existe un claro predomino de extremidades, fémures, húmeros y tibias, en detrimento de vértebras, manos y pies. Este sesgo esquelético es típico de depredadores de gran tamaño que sólo consumen y transportan las partes con más carne, las extremidades, desechando el resto. De hecho, leones y leopardos suelen producir acumulaciones de huesos de esta índole. Parece pues que algunos depredadores acumularon carcasas para comérselas en alguna cavidad superior a la Sima de los Huesos. De hecho ésta tenía otros accesos. El agua en las grutas no diluye la caliza bajando y subiendo por el mismo lugar. En la formación de una cueva suele existir un conjunto de accesos superiores de entrada del agua, observados ya por el equipo de Atapuerca, y otros inferiores de salida. Es decir hubo otros accesos en la sima que hoy en día se hallan sepultados por desplomes. Otro enigma del yacimiento de la Sima de los Huesos es la elevada concentración de fósiles hallada en su interior. Esto, y según Rabadà, sería lógico dado el contexto geológico en donde se hallan. Las arcillas que encontramos en la base de las cuevas provienen muy a menudo de la parte de caliza no soluble. Las cuevas se forman gracias a la disolución de la roca carbonatada por la acción de las precipitaciones. La mayor parte de la caliza es soluble en agua, pero un pequeño porcentaje, las arcillas, no lo son. Por tanto, la generación de arcillas durante la formación de cuevas y simas es escasa. Si esta baja producción de arcillas engloba futuros fósiles, éstos quedarán concentrados en el sino de una baja cantidad de sedimento. La idea es simple, a muchos huesos y poca arcilla, mucha concentración de fósiles. Pero otro gran misterio para el equipo de Atapuerca es la ausencia de herbívoros en el yacimiento. Para Rabadà los grandes depredadores cazaban a los herbívoros en campo abierto, es decir, en las llanuras alejadas de la sierra de Atapuerca. Si observamos la geografía del lugar vemos que la sierra estaba formada por colinas de escasa altura rodeadas de grandes llanuras. Los herbívoros jamás se adentrarían por la sierra de Atapuerca por dos razones: preferían el campo abierto para evitar a los depredadores y en las cuevas no hay alimento que buscar. Leones y leopardos no suelen trasladar a sus presas más allá de unos centenares de metros, algo que explicaría la ausencia de herbívoros en la Sima, en cambio, los humanos, que sí deambulaban por los derredores de aquellas grutas, sí fueron víctimas de grandes depredadores que también merodeaban por allí. Los herbívoros estaban demasiado lejos para, una vez cazados, ser trasladados hacia la gruta. Visto todo lo anterior parece que en la Sima de los Huesos jamás se produjo enterramiento ritual alguno. La competitividad en la Sierra de Atapuerca entre neandertales y otros depredadores conllevó la depredación de los humanos. Sus carcasas fueron consumidas en una cavidad superior cercana a la Sima de los Huesos cuando la gruta poseía otros accesos hoy desplomados. Posteriormente las corrientes de agua dispersaron y acumularon los restos en la base de la sima. Al repetirse este conjunto de procesos durante milenios, junto con una baja tasa de sedimentación, se produjo la concentración ósea observada. El mito del enterramiento ritual que propició el premio Príncipe de Asturias para el equipo de Atapuerca hoy se halla bajo duda.

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