SOBRE EL LENGUAJE POLÍTICAMENTE
CORRECTO
El parlamento de Andalucía ha puesto
en marcha planes de formación dirigidos a su personal funcionario para promover
el uso de un lenguaje claro, accesible e inclusivo para la igualdad de
género. Esto supone una gran desilusión para para muchos ¿Es que hasta el
centro derecha, en quien tantos confiamos cuando llegue la hora de desmontar
todos los despropósitos de sanchistas, podemitas y demás ralea, va a caer
también en los prejuicios de lo políticamente correcto?
El lenguaje
evoluciona siguiendo unas leyes que nada tienen que ver con el feminismo, ni el
machismo ni el sexismo. En latín había tres géneros: Totus, tota
totum, y al caer la consonante final, el neutro coincidió con el
masculino, de modo que “todos” se convirtió en una palabra polisémica (se puede
referir a un colectivo formado solo por hombres o por hombres y mujeres) y
“todas” siguió significando un colectivo en que sus componentes son mujeres o
seres que se designan con una palabra femenina (como cuando decimos que “todas
las hienas son carroñeras” y no hace
falta decir “las hienas son carroñeras y carroñeros” porque no se refiere al
género, sino a la especie, que se
denomina con una palabra femenina, y nadie piensa que con esta afirmación se
está excluyendo a los machos). Querer paliar esa desigualdad usando el “todes”
no es más que una tontería propia de ignorantes.
Pero por distintas razones, la
evolución también ha dado lugar a palabras gramaticalmente femeninas aunque se
refieran a hombres o mujeres indistintamente. Es correcto decir “todas las
personas que estábamos allí nos sentíamos muy contentas”, aun cuando esas
personas sean todas hombres. Sería un poco estúpido que una asociación de
machos oprimidos reivindique que se ha de decir “las personas y los personos”
(y ya puestos a afinar, también “les persones”, no vaya a ser que quienes
poseen sexo fluido se sientan excluidas). Y decimos que “el accidente causó
numerosas víctimas” aunque no todas sean mujeres, y no hace falta decir “las
víctimas y los víctimos” para que las victimas de sexo masculino no se sientan
menospreciadas. Y cogemos un niño en brazos decimos “¡Pero que criatura más
linda!”, aunque la tal criatura sea un niño, y decimos de alguien que “es buena
gente” aunque ese alguien sea un hombre, y si ese hombre se siente ofendido
porque se le ha adjudicado un adjetivo en forma femenina, pues ese hombre es un
imbécil, y no alguien legítimamente preocupado por la igualdad. Incluso la
palabra “palabra” es femenina, aunque se refiera a un nombre masculino. Decimos
por ejemplo “coche es una palabra masculina”, y “masculino” va en femenino para
concordar con “palabra”. ¿Habría que decir “palabras femeninas” y “palabros
masculinos” para ser coherentes? Un poco de cordura, por favor.
De hecho, en casi todos los colectivos el individuo es una palabra
masculina y el colectivo se nombra con una palabra femenina: la palabra
“ciudadano” es masculina, en cambio “la ciudadanía” es femenina, “el ser
humano” es masculino, “la humanidad” es femenina (y si ningún hombre se siente
excluido por usar la palabra humanidad, ninguna mujer tiene por qué sentirse
excluida cuando se habla de “seres humanos”), “el policía” es el individuo y
“la policía” es la institución. Claro que desde que hay agentes femeninos, el
grupo nominal “la policía” se convirtió en polisémico, porque puede referirse
tanto a la institución como a la agente de sexo femenino, pero la diferencia
siempre la aclara el contexto, y no hace falta decir “las policías y los
policíos”.
Uno de tantos despropósitos que proponen las normas promulgadas por la
Junta de Andalucía es sustituir “los usuarios” por “las personas usuarias”, con
lo cual se alarga innecesariamente la palabra y no se gana nada, porque se
sustituye una palabra masculina, pero en este caso inclusiva, por otra palabra,
igualmente inclusiva, pero femenina, y si las mujeres tienen derecho a sentirse
excluidas por decir “los usuarios” idéntico derecho tienen los hombres a
sentirse también excluidos por decir “las personas”.
También se aconseja alternar el orden (a veces el femenino primero,
otras el masculino) para garantizar la simetría. Eso también es una mentecatez.
Cuando un conferenciante se dirige a un colectivo suele decir “señoras y
señores” o “damas y caballeros” (y nunca “caballeros y damas”), y no pasa nada.
Si en ciertas construcciones ya está consagrado por el uso empezar por la
palabra femenina, no hay razón alguna para alterarlo, y ningún varón (salvo que
sea tonto de capirote) tiene motivo para sentirse arrinconado por pertenecer al
colectivo nombrado en segundo lugar. También aconsejan las normas dictadas por
la Junta usar las palabras “jefa”, “letrada” “ingeniera”, lo cual ya se hace
desde siempre sin necesidad de normativa alguna, y esto es así porque son
palabras que admiten la doble terminación (por razones puramente gramaticales,
no sexistas) mientras que otras no admiten esa doble terminación: no es
correcto decir “la reina regenta” ni, “el atleto”, ni “el ciclisto”, ni “la remitenta”,
ni “el pediatro”, ni “el comunisto”, ni “el idioto”, ni “el gilipollos”, ni el
“socialisto”, ni “el siquiatro”, ni “el nacionalisto”, ni “el patrioto”, ni “la
abajo firmanta”, ni “el poeto”, ni el “novelisto”, ni “el artisto”, ni “el
gimnasto”, ni “el masajisto” ni mucho menos (porque sonaría un poco feo) “el
logopedo”. Lo mismo sucede con los nombres de animales, algunos admiten la
variación de la vocal final para distinguir el macho de la hombre (como “el
león y la leona” o “el lobo y la loba”) y otros no (y por ello decimos “la
jirafa macho” o “el lince hembra” y no “el jirafo” o “la lincesa”), y esto no
obedece a prejuicios de superioridad de unas especies sobre otras, sino a
razones que solo las pueden explicar la gramática histórica y la etimología, no
la zoología.
Defendiendo una causa justa también se pueden hacer o decir tonterías,
con lo cual se desprestigia la causa que se pretende defender y en
consecuencia, en lugar de hacerla progresar, se la hace retroceder. Y si hay
alguna a la que se está perjudicando por culpa de la estupidez de sus
defensores (y nótese que no digo “y defensoras” porque se sobreentiende que la
estupidez no es exclusiva del sexo masculino) es precisamente la del feminismo.
Y tan es así que muchos jóvenes, al ser son interrogados sobre el tema, dicen:
“Yo creo que los hombres y las mujeres han de tener idénticos derechos, pero no
soy feminista”. Se ha llegado a tal extremo de degradación que ya no se
identifica el feminismo con la legítima lucha por la igualdad de derechos, sino
con las toneladas de majaderías que se han vertido sobre una causa indiscutiblemente
hasta dejarla irreconocible.
Políticos de centroderecha, están ustedes cometiendo un error. Por no
querer parecer demasiado reaccionaros, están asimilando algunos tics estúpidos
de la izquierda. Pero entonces se vuelven más reaccionarios todavía, porque la
estupidez es siempre reaccionaria, rancia y retrógrada, aunque sea sostenida
por un izquierdista con el puño en alto. Solo la inteligencia es auténticamente
progresista y luminosa, aunque para expresarse tenga que utilizar discursos
políticamente incorrectos y poco gratos a oídos de progresistas de salón y
revolucionarios de opereta. Dejen de gastar dinero y tiempo en tonterías, y
traten a los electores como personas inteligentes. Eso, además, tendrá más
réditos electorales que si se les trata como tontos.
Ricardo
Moreno Castillo