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martes, 22 de abril de 2014

JESUS HISTORICO 8:INFANCIA y ADOLESCENCIA DEL NAZARENO

La época en qué nació el Nazareno estuvo llena de conflictos y revueltas, muchas de ellas en contra de herodianos y romanos. Cabe comprende entonces el contexto por donde fue creciendo Jesús para comprender su mensaje. Herodes el Grande falleció el 4 a. C. y en Jerusalén reclamaban un sumo sacerdote de mayor piedad y pureza que el colocado por Herodes. Eso puso en jaque al hijo y heredero de Herodes, Arquelao. Las facciones judías zumbaban en contra del avispero del posible futuro rey, unas facciones formadas por varias tendencias dentro del judaísmo: los fariseos, mayoría hebrea tradicionalista; los saduceos, aristocracia de costumbres helenizadas; los esenios, comunidad eremita en contra del templo de Jerusalén; y los futuros zelotas, revolucionarios independentistas en contra de Roma. Ante tal enjambre de sediciones el hijo de Herodes, Arquelao, mandó que una cohorte de tropas entrara en el Templo para arrestar a los cabecillas. La batalla estalló y murieron muchos de un bando y de otro. Sorprendentemente las tropas de Arquelao fueron derrotadas y éste, bajo una profunda frustración, mandó a todo el grueso de su ejército para que actuara en consecuencia. Varios miles de civiles muertos después hicieron que Arquelao se ganara sus laureles. Tras ello marchó hacia Roma a rendir pleitesía ante el César. Mientras así lo hacía ocurrieron dos cosas: la primera que su otro hermano, Herodes Antipas, reclamó el trono, y la segunda, que estalló otra rebelión peor que la anterior, un amotinamiento que dejó en cenizas el palacio de Herodes. La revuelta anterior surgió de la mente de un estratega, un fariseo que ya hemos mencionado, Judas el Galileo. Éste, con el apoyo de un sacerdote también fariseo llamado Sadoq (que significaba el Justo), capitaneó el asunto con éxito y gran seguimiento desde el 6 a. C. Este líder pregonaba que nadie era el propietario de Israel excepto Yahvé y que por tanto, ningún extranjero podía romper la Alianza entre Yahvé, los judíos y su heredad. Consecuentemente los romanos debían ser echados a patadas de esta tierra sagrada sin cobrar impuesto alguno. Debemos indicar que Herodes cobraba para los romanos esas tasas. Así se comprendían perfectamente las fallas valencianas de su palacio. Añadía Judas el Galileo que quien participara en la reyerta contra Roma, y contra Herodes, obtendría la vida eterna, una yihad de la época. Ante tales afrentas, Roma actuó y mandó tres legiones, cuatro regimientos de caballería y otras tantas tropas auxiliares. Al final, cerca de dos mil judíos fueron crucificados por sedición. Judas el Galileo escapó al genocidio. César Augusto, ante las revoluciones judías y la dinastía de Herodes, decidió dividir Israel entre los hijos del rey judío. Así desaparecía el título de rey de Israel dejando que sus herederos gobernaran con un título menor que el de monarca. Para Arquelao quedaron Judea y Samaria, para Filipo las tierras del norte y del este de Galilea y para Herodes las regiones al otro lado del Jordán y la Galilea natal del Nazareno. Fue obvio que César Augusto aplicó el divide y vencerás para un mayor control de Israel. Diez años más tarde, y con un Arquelao demasiado cruel entre su pueblo, Roma lo destituyó y Judea pasó directamente bajo estandarte romano. Enviado un gobernador, Cirinio, el imperio quiso disponer de un censo para la recaudación de los impuestos, algo que trajo consigo un conflicto inevitable el 6 d. C. Judas, aún vivo, lideró otro alzamiento argumentando que los judíos debían defender el imperio de Yahvé sobre la tierra de Israel y negarse a pagar el tributo del César. Al final Judas fue ajusticiado (Hechos 5, 37), los judíos nuevamente oprimidos e Israel declarada un conjunto de provincias de Roma. La hostilidad judía contra Roma iba a crecer en el mundo que rodearía al infante Nazareno. Mientras todo aquello sucedía, Jesús crecía por tierras galileas entre una Roma opresora, unos galileos revoltosos y un Herodes Antipas fiero y despiadado. Pero, ¿qué sabemos de la infancia del Nazareno? Pues algo muy simple, bien poco. En algunos apócrifos tardíos se le describe como un niño violento y vengativo, algo que hizo que la Iglesia considerara aquellos textos como no canónicos. De todas formas aquellas descripciones apócrifas fueron fruto de visiones helenizadas del niño Jesús. En muchas de ellas el Nazareno asistía a clases de griego, algo imposible entre las pobres gentes judías de Galilea. En fin, y humildemente, debemos admitir que de la infancia de Jesús no poseemos dato veraz alguno y que la mayoría de sucesos atribuidos fueron añadidos de mitos anteriores, sobretodo egipcios. El teólogo Llogari Pujol y la doctora en historia Claude-Brigitte Carcenac han hallado en los dos únicos evangelios canónicos que hablan de la infancia de Jesús, Lucas y Mateo, numerosos paralelismos entre la mitología del antiguo Egipto y la niñez del Nazareno (véase Jesús, 3.000 años antes de Cristo) señal muy probable de elaboraciones por parte de los evangelistas. ADOLESCENCIA DE JESÚS De la pubertad de Jesús hay una breve referencia en Lucas. Este pasaje nos cuenta que los padres de Jesús hallaron a su hijo entre rabinos hablando sabiamente de los conocimientos de las escrituras hebreas. Este escrito guarda un gran parecido con el relato egipcio del 550 a. C., El Cuento de Satmi: el hijo de Dios, Si-Osiris, que tiene como padres a Mahitusket, la llena de gracia, y a Satmi, quien acata a Dios, a los once años habla de tú a tú con los sabios del templo de igual manera que Lucas cuenta de Jesús en su evangelio. Una elaboración así refrendaba la sabiduría divina de Jesús y su carácter mesiánico dictado por las profecías. Por tanto, y muy probablemente, de la adolescencia de Jesús se tenga muy poca información, un hecho que ha abierto grandes brechas en donde muchos autores han forjado un Jesús adoctrinado entre facciones y lugares muy diversos. Entre ellos cabe citar los esenios, los gnósticos, los zelotas y hasta en los hindúes, aunque todo ello, y por muchos indicios que escriban quienes lo afirman, forma parte de una literatura de más suposiciones que de hechos. Recuerde el lector la disyuntiva sobre la mayoría de libros que se han escrito sobre Jesús, o libros de ciencia-ficción o textos con demasiada carga de fe. En este párrafo nos hemos referido a los primeros. En fin, de Jesús no sabemos ni cuando ni donde nació, tampoco como y donde se educó. La gran mayoría de lo contado en los evangelios sobre su juventud fueron rumores rescatados de la niebla oral, de préstamos de culturas vecinas o de arquetipos del Antiguo Testamento. Sólo a partir del bautismo de Jesús las cosas toman otro carácter más lógico y real.

sábado, 12 de abril de 2014

JESÚS HISTÓRICO 7:HUIDA A EGIPTO

Tras las elaboraciones evangélicas del genocidio de Herodes y de la virginidad de María sobrevino la huida a Egipto. El relato de Mateo detalla un largo periplo de la Sagrada Familia por el desierto. Esta redacción guarda una enorme similitud con otro pasaje del Antiguo Testamento y con el personaje más respetado por toda la comunidad judía, el que estableció sus leyes, Moisés: los escribas anunciaron al faraón que nacería un niño [Moisés para el Antiguo Testamento, Jesús para el Nuevo] el cual una vez adulto, reduciría el poder de los egipcios [Jesús debería hacer lo mismo con las injusticias de su momento] y ensalzaría a los israelitas […]. Temeroso [el faraón en el Antiguo o Herodes en el Nuevo Testamento] hizo aniquilar los varones nacidos entre los israelitas [como el genocidio de Herodes] (Éxodo 1, 22 y 2, 1-4). Muy probablemente el evangelista Mateo quiso enaltecer a Jesús como un nuevo Moisés bajo los arquetipos más populares que las gentes podían captar y comprender mejor. Como nuevamente podemos suponer, Jesús fue un humilde hijo de familia plebeya por tierras de Galilea y no un descendiente de casta real que tuvo que huir a Egipto bajo parecidos con Moisés. Todo respondió a un deseo de enaltecer sus orígenes por quienes no le conocieron personalmente, los evangelistas, y de cuya infancia no se sabía nada: Jesús reinará sobre la casa de Jacob (Lucas 1, 32-33). Los evangelistas, y tras muchos préstamos literarios del antiguo Egipto, elaboraron un Jesús-Rey ante los muchos que le aclamaron como Mesías en aquel entonces. Una forma de lograrlo era que el personaje de Jesús cumpliera en gran medida las profecías del Antiguo Testamento. Ese anhelo explica como los evangelistas elaboraron un Jesús con una anunciación calco a la de El Cuento de Satmi, e interpretaron un nacimiento a más de 200 kilómetros de su Galilea natal bajo un Herodes celoso por su trono, pero que jamás se enteró del parto de aquel humilde arameo.

JESÚS HISTÓRICO 6:VIRGINIDAD DE MARÍA

La adoración de la Virgen María se halla muy bien arraigada en la fe cristiana inicial pero ello nos lleva a otra confusión entre evangelistas y profecías. Si Jesús para cumplir las profecías debía ser descendiente de la casa de David, y según los evangelios canónicos lo era por vía de José, ¿cómo se comprendía que lo fuera si el padre putativo jamás inseminó a María? Según los Evangelios la sombra del Señor cubrió a María y no la de José. En el Talmud judío se habla despectivamente de Yeshú, Jesús, como ben pandira o ben pantera, insinuando que fue un hijo ilegítimo de un soldado romano que violó a María. Ante todos estas versiones opuestas, más la mágica virginidad de María parece que, o bien hubo una elaboración evangélica, o bien un error de traducción. En hebreo almah (mujer joven o doncella) fue traducido por parthenos (virgen) y no por betoula (doncella), idea corroborada, entre otros, por la profesora Gloria Blanchfield Thomas del Associate Professor of Theology del Marymount College. Es decir, que en origen María fue una joven por desposar que quedó embarazada, algo que bajo las costumbres machistas de la época y la condición de impureza de la mujer en el mundo semita, provocó el rechazo evangelista como madre de un elegido por Yahvé. Según el profesor de hebreo y Biblia de la Andover Newton Theological School, Carole Fontaine, se otorgó el título de virgen a la madre de Jesús para darle una pureza sobrehumana y así ser digna como madre de un enviado de Dios. La tradición posterior y las tesituras eclesiásticas del siglo IV d. C. hicieron el resto. Fue durante el 381 d. C. que el Concilio de Constantinopla decretó la maternidad virginal del Nazareno como verdad inapelable.

JESÚS HISTÓRICO 5:ADORACIÓN DE JESÚS

Mateo contó que unos astrólogos buscando al Mesías, pasaron por el palacio de Herodes preguntando por su paradero. El relato anterior mezcla dos grupos de personajes, el primero los astrólogos que no tienen entidad histórica alguna, y el segundo Herodes que sabemos que sí existió. Algunos exegetas ven en ello una intención de dar realismo a unos hechos que probablemente no sucedieron. Como veremos, Herodes Antipas temió por su reinado fruto de un pacto con los romanos. Herodes el Grande nació en Ascalón el 73 a. C. cuando Israel todavía no era romano. No fue hasta el 63 a. C. que Roma invadió aquel territorio, una región que no paró luego de oponerle resistencia. Tal pugna por la sublevación hizo que el imperio buscara aliados entre las filas judías de su aristocracia. Así fue que el reinado de Herodes acabó afín a los poderes romanos por los intereses políticos de ambos. Herodes deseaba mantener el cargo de rey que se había ganado por la vía de las armas y no por el de la sangre real que no poseía. En el 37 a. C., y con dos legiones proporcionadas por Marco Antonio, Herodes conquistó Jerusalén. En cuanto se hizo con el poder ordenó ejecutar a cuarenta y cinco ancianos del órgano de gobierno judío, el Sanedrín. También arrestó a Antígono, el último rey de los judíos, para enviarlo a Antioquía, lugar de residencia de Marco Antonio, donde fue decapitado. Gracias a todo aquello el Senado de Roma nombró a Herodes nuevo rey de los judíos en el 40 a. C. Ser monarca por razones no hereditarias fue asunto que ciertamente preocupó a Herodes, sobretodo ante las profecías de tantos Mesías como corrían por aquel entonces, augurios que pronosticaban que alguno de la casa del rey David castigaría a los romanos y a todos aquellos que les hubieran apoyado. De hecho Herodes también detestaba a las castas reales judías. Poco después de subir al trono nombró como sumo sacerdotes a miembros de familias judías oriundas de Babilonia y Egipto desestimando las regentes aristocracias saduceas locales, las que según la tradición descendían del sacerdote que había servido al rey David y Salomón, Sadoc. Sólo cuando en el 6 d. C. Herodes fue destituido, las familias saduceas recuperaron parte del poder pasando a ser consideradas por el pueblo como una casta semita helenizada, corrupta y adinerada gracias a los diezmos que cobraban de los creyentes, impuestos religiosos que a veces arrancaban con la fuerza bruta. No fue nada extraño que en el 66 d. C., cuando los judíos se revelaron contra Roma, fueran y quemaran la casa del sumo sacerdote Ananías más sus archivos públicos para impedir el cobro de las deudas atrasadas. En fin, que los judíos odiaron a Herodes y a saduceos por obvias razones, mientras Herodes jamás estimó a los saduceos ni estos a él, de hecho todos los judíos acabaron odiando al rey por ser considerado un intruso extranjero de familia idumea, y no judía, al servicio de los intereses de Roma. Herodes el Grande fue sin duda un regente tirano, déspota y obsesionado por el temor de una conspiración. Por ello hizo ejecutar a su cuñado Hircano IV junto con su mujer al sospechar que ambos le querían usurpar el trono. De hecho, y durante su reinado, Herodes procuró, y de manera metódica, exterminar a todos los miembros de la dinastía real de Israel. Por otro lado, las guerras que mantuvo en contra las etnias vecinas fueron continuas y sanguinarias. Esas tensiones vecinales terminaron el 25 a. C. cuando dejó a todos sus enemigos fuera del campo de batalla y a muchos dentro de campos funerarios. A partir de aquel momento Herodes inició todo un plan de reconstrucción del reinado que jamás ganó la confianza de sus hermanos judíos, y ni mucho menos de su aristocracia, los sacerdotes saduceos. Estos permanecieron más fieles a la familia sacerdotal asmonea, tribu poderosa del momento, que al nuevo títere de Roma, Herodes el Grande. Aún así, Herodes afincó su poder construyendo una red de fortalezas y palacios donde situar sus tropas. En Galilea, tierra de Jesús, y a unos seis kilómetros de Nazaret, ocupó Séforis y la reconstruyó en pocos años convirtiéndola en una ciudad helenizada, fuerte e influyente. Pero para apaciguar a sus aborígenes judíos también ordenó la reconstrucción del templo de Jerusalén, centro de culto de todos los hebreos, corazón de su mundo y fortaleza que dominaba Jerusalén. Según el historiador Flavio Josefo, estaba casi enteramente recubierto de láminas de oro. El edificio era gigantesco, cinco veces más grande que el Acrópolis de Atenas, 144.000 metros cuadrados, algo que Herodes hizo para albergar los deseos de los judíos, pero también, y para no molestar al Imperio, el estilo arquitectónico fue gentil, es decir, griego y romano, más un patio de los gentiles que ocupaba las tres cuartas partes de la explanada del templo. Obviamente Herodes quiso agradar a Roma en todo ello, y en este sentido Herodes mandó colocar sobre la gran puerta de entrada el águila de oro romana, símbolo del poder y dominio del imperio. Consecuentemente este gesto de colaboración con Roma agradó al César pero desató la ira de muchos judíos. Estos se sentían humillados al verse obligados a pasar bajo el águila imperial para acceder a la casa de Yahvé. Dos prestigiosos maestros de la ley judía o Thorá, Judas y Matías, propiciaron que sus discípulos derrocaran el ave cerca del 5 a. C., lo cual no fue un ataque al templo, fue una provocación contra Roma. Herodes, colaborador del imperio, no le tembló la mano y mandó detener y quemar vivos a discípulos y maestros. Visto todo lo anterior, Herodes fue un rey cruel, un tirano y un acólito de Roma que jamás convenció a los hebreos, y menos con las buenas relaciones diplomáticas que mantenía con el imperio y con otros enemigos históricos de Judea, por ejemplo Egipto. Hay que mencionar en este sentido su matrimonio con Cleopatra del cual nació Herodes de Filipo. Ese fue uno de los muchos enlaces matrimoniales que contrajo el monarca. Fueron un total de diez los cuales le comportaron multitud de hijos que posteriormente compitieron por el reino, un reino burbujeante de Mesías sedientos por destronar a Roma y a sus compinches herodianos. Así pues, Herodes y sus herederos estuvieron temiendo durante todo su mandato una caída propiciada por los mesiánicos, por la aristocracia hebrea o por la misma Roma. La tradición judía conocía perfectamente la ambición del monarca y fue lógico que el miedo de Herodes dejara mella en la tradición popular que luego los evangelistas elaboraron. En el apócrifo Protoevangelio de Santiago, Herodes busca a Juan el bautista interrogando a su padre Zacarías. El rey, al hablar a sus mercenarios sobre el bautista, les argumentaba lleno de furor, “su hijo debe un día reinar sobre Israel”. Al final, y ante la negativa del padre por desvelar el paradero de su hijo, Zacarías fue asesinado misteriosamente, algo de lo que no se tiene constancia alguna. Tanto el pasaje anterior como el genocidio de Herodes en Belén surgieron de una mezcla de mitos y de realidades que fueron casados bajo el arbitrio de las creencias. Con posterioridad a los evangelios la tradición cristiana añadió más elementos. Mateo citó que unos astrólogos adoraron al Nazareno pero jamás indicó que fueran tres, ni hermanos, ni reyes, ni magos, ni de diferentes razas y naciones, ni que se llamaran Melchor (Melkon) rey de los persas, Gaspar rey de los árabes y Baltasar rey de los indios. Todo fueron elaboraciones tardías que al final quedaron recogidas durante el siglo VI en el evangelio apócrifo de los Armenios. Con el supuesto de los tres presentes, oro, mirra e incienso, se supuso que fueron tres los personajes. Más tarde, y durante el siglo XII, las presuntas reliquias de estos astrólogos fueron trasladadas a la catedral de Colonia en Alemania. Sin embargo, mucho más tarde, y cuando se abrió el sarcófago para examinarlo, se supo que sólo contenían los esqueletos de tres niños. La adoración de los reyes magos al Jesús de linaje real trajo consigo otra paradoja difícil de resolver. En los canónicos se cuenta que después de dos años del nacimiento del Nazareno, llegaron a Belén aquellos magos, realmente astrólogos en Mateo, cargados de dones. Pero, ¿por qué permaneció la Sagrada Familia dos años en Belén si existía la amenaza de Herodes a escasos kilómetros de allí? ¿No hubiera sido mejor esconderse por la lejana Galilea ya que era su tierra? Ante tal cúmulo de extrañezas cabe preguntarse que conseguía realmente la adoración de Jesús con el oro, la mirra y el incienso. Un acto así engrandecía la realeza de Jesús como el Mesías descendiente del rey David. Piensen que si Jesús no hubiera estado emparentado con la clase real judía, no hubiera sido creíble ante quienes esperaban que fuera el enviado de Dios, el Mashíah ungido de Yahvé. Las profecías debían cumplirse y para ello el Mesías debía proceder de la casa de David y nacer en Belén. La adoración de los reyes magos y el genocidio de Herodes reforzaban tal cometido. La ofrenda de los astrólogos respondió a un deseo del evangelista Mateo, el de regalar una apariencia de faraón al recién nacido Jesús. Si pensamos qué tenían de especial el oro, el incienso y la mirra nos daremos cuenta que sólo pretendían coronar a un Jesús de origen humilde, en fin justificar su futuro reino como Mesías. Oro, incienso y mirra fueron las mismas emanaciones del dios egipcio Ra. El oro era su carne, el incienso su perfume y la mirra su germinación. Visto lo anterior, la adoración fue simplemente una elaboración tomando préstamos culturales del antiguo Egipto, una metáfora para enfatizar el rol de rey de los judíos en Jesús. Para un semita del siglo I y II, cuando se redactaron los canónicos, tal ofrenda significaría claramente un homenaje a un personaje real y divino. Hay que aclarar que Jesús no fue descendiente del rey David. Tal afirmación sólo fue una elaboración evangélica con finalidades proféticas. El Mesías debía ser, y según las profecías, descendiente de la casa de David, algo que los evangelistas se apresuraron a escribir a pesar de las contradicciones que ello conllevó. Sirva de ejemplo que en los canónicos Jesús era de la casa de David por vía paterna pero en algunos apócrifos lo era por materna (Evangelio de Pseudo-Mateo). Toda la información anterior nos indica varias cosas. La primera, el Mesías, y según las profecías, debía ser hijo de David, pero no sabemos si lo era por la testosterona de José o por la progesterona de María. La segunda, que la iglesia primitiva era muy machista y sólo salvó de la quema aquellos evangelios, los canónicos, que dejaban a Jesús rey por vía de la testosterona. Y la tercera, los nombres y más nombres que dibujan la cadena de descendientes del linaje de David que los evangelistas exponen con todo detalle para demostrar la sangre azul de Jesús, no coinciden, es decir, los desconocían. Hay otro dato que indica que la matanza en Belén fue una elaboración para dar solemnidad y realeza a las profecías, y es que tal genocidio ya había sido redactado mucho antes del nacimiento de Jesús, era un calco de un mito antiguo. Según el teólogo Llogari Pujol y la doctora en historia Claude-Brigitte Carcenac en el relato egipcio del 550 a. C., El Cuento de Satmi, se explica como la sombra de Dios se le apareció a la mujer de Satmi, Mahitusket, para anunciarle que tendría un hijo que se llamaría Si-Osiris. Mahitusket significa llena de gracia, Si-Osiris hijo de Dios y Satmi quien acata a Dios. El paralelismo de estos tres personajes con la virgen María, Jesús y José (Lucas 1, 32-33) son un calco de ese mito egipcio. Después de la anunciación, el parto y la matanza en Belén, la Sagrada Familia huyó de Herodes hacia Egipto del mismo modo como lo hizo la familia de Horus, otro mito egipcio. Seth, como Herodes, quería matar a un primogénito, Horus, y a su madre Isis, pero esta escapa con la criatura de la persecución. Como vemos, y en el joven Jesús, se dan toda una serie de características que coinciden con otros personajes anteriores. El hecho de nacer de madre virginal, de concepción anunciada por los cielos, con orígenes reales y con poderes sanadores se halla en otros personajes de la mitología egipcia, romana y hasta judía. Ejemplos de ello fueron los faraones, Osiris, Atis, Dionisio y Yahvé, yo soy Yahvé, el que sana (Éxodo 15, 26). En resumen, y analizados todos los datos anteriores, vemos que en los evangelios se elaboró una imagen de un Jesús de estirpe real con oro, mirra e incienso en su adoración. Este añadido, más el recelo histórico de Herodes a perder su trono, fue mezclado con préstamos del antiguo egipcio. Al final, realidad y elaboraciones forjaron la fantástica historia del genocidio herodiano en Belén.

JESÚS HISTÓRICO 4: DONDE NACIÓ JESÚS

Sabemos por las amistades del Nazareno que todos ellos fueron de la provincia de Galilea, una región muy singular donde la mayoría de sus habitantes no hablaban la lengua judía ni el latín de sus invasores los romanos. Los galileos conversaban entre ellos en una lengua propia e independiente llamada arameo sin saber muchos el hebreo. Por eso durante las lecturas de las Escrituras hebreas en la sinagoga un traductor parafraseaba el texto en arameo. De hecho los galileos pronunciaban de forma totalmente distinta las palabras con respecto a sus hermanos hebreos. Tenían grandes dificultades para distinguir los sonidos guturales, un hecho que explicaba que llamaran a Jesús como Yeshú y no en su forma hebrea Yeshua. Pero olvidando estos asuntos lingüísticos, y volviendo al lugar del nacimiento, vemos que los evangelios de Lucas y Mateo asignan la localidad de Belén como lugar del parto. Este hecho coincidía con lo debía cumplirse en las profecías de Miqueas. Para muchos creyentes en el Mashíah, el ungido o Mesías, Belén debía ser el cubículo natal del enviado de Dios. Quizás por esa razón Mateo y Lucas, y para justificar que la sagrada familia anduviera unos 200 kilómetros desde donde realmente vivía, Galilea, hasta Belén, elaboraron esa coincidencia entre las profecías bíblicas y sus evangelios. Contaba Mateo que al ser Jesús un hijo no engendrado por José, éste optó por huir a escondidas con María. Ésta, preñada de meses, anduvo aquellos 200 kilómetros para salvar la virtud ante la ortodoxia judía. En aquellos tiempos, y bajo las costumbres judías, se firmaba la ketubá o acuerdo matrimonial. Tras el pacto, los nuevos esposos no iniciaban la convivencia marital, al menos así ocurría en las zonas rurales. Durante aquel tiempo de espera, y lejos de las ciudades como fue el caso de la familia de Jesús, el hombre preparaba el nuevo hogar. Pasado un año se celebraban las nupcias oficiales y la mujer era introducida en casa del marido. Por tanto, y según Mateo, María y José todavía no estaban casados, sólo comprometidos, algo que no encaja con la versión de Lucas. Éste, y quizás desconociendo la ketubá, dijo que el largo viaje de Galilea a Belén fue por el censo de César Augusto, un censo que no sucedió al nacer Jesús, entre el 8 y el 4 a. C.. Quizás Lucas hizo referencia al censo judío, y no romano, decretado por Herodes el 7 o el 6 a. C. De todas formas en un censo no era requerida la presencia de toda la familia, y ni mucho menos de la esposa, con el cabeza de familia bastaba. La versión de Lucas con una María a punto de dar a luz por un itinerario que duraba cuatro días de caminos angostos, montañosos y plagados de bandoleros parece, y bajo el principio de parsimonia, una elaboración evangélica para que las profecías de un Mesías nacido en Belén se cumplieran en Jesús. En este sentido añadamos que el propio Juan Pablo II en una audiencia destacó que no existía certeza que Jesús hubiera nacido en Belén. Lo más aceptado por mucho exegetas es que Jesús nació en la pequeña población galilea de Nazaret. En Marcos y Lucas se menciona que Jesús vivió y creció en esta aldea. Tal villorrio fue una diminuta población de agricultores y pastores donde se estima que vivieron entre 300 y 400 habitantes. El lugar era tan insignificante que no constaba en ningún escrito ni mapa romano hasta pasado el siglo II d. C. Flavio Josefo, historiador judío del siglo I, cita 45 pueblos en Galilea, pero no menciona Nazaret, y en el Talmud, que menciona 65 poblaciones, tampoco se registra Nazaret. Según las excavaciones arqueológicas realizadas Nazaret fue una efímera villa sin edificaciones importantes ni grandes obras públicas. A menudo los evangelios describen Nazaret como una villa de gran actividad e infraestructuras, algo elaborado bajo el desconocimiento geográfico de los evangelistas. Veremos más adelante que los cuatro evangelistas no fueron galileos, y que por tanto redactaron los hechos a oídas de tradiciones orales diversas y sin conocer apenas Israel. De hecho los evangelios se redactaron pasados muchos años después de la muerte del Nazareno. Todo ello explica que una vez querían tirar por un desfiladero a Jesús pero en Nazaret no existe ningún acantilado. También Lucas cita una importante sinagoga en Nazaret pero esta población era un nimio emplazamiento agrícola sin grandes construcciones en el siglo II. Añadamos a todo lo anterior que en el actual Nazaret no se han hallado ruinas más allá del siglo II a. C., a excepción de algunas prospecciones al este de la ciudad en donde se excavaron unas terrazas de cultivo, un lagar excavado y una torre redonda que podrían datar del siglo I. De todas formas no tenemos constancia de viviendas y calles en tiempos de Jesús. En definitiva, cuando nació el Nazareno parece que Nazaret no existía como aldea, algo que implicaría que quizás no fue éste el lugar natal y real de Jesús. Visto lo anterior, ¿cómo se explica entonces el gentilicio de Nazareno en Jesús? Si así lo llamaban, de Nazaret tuvo que ser (Mateo 2, 23). Hay dos explicaciones que nos niegan el gentilicio y nos avalan un apodo. La primera que Jesús hubiera hecho un voto a Yahvé y la segunda un apelativo de sus discípulos. La primera explicación nos dice que Jesús acogió el voto de nazireat (Ac 21, 23-26) y que se convirtió en nazireo, personajes que practicaban una consagración temporal o perpetua con Yahvé absteniéndose de beber alcohol y practicar el sexo entre otras promesas. La segunda hipótesis la hallamos en un curioso descubrimiento en los evangelios llamados secretos o apócrifos. En el tratado tercero del códice II de Nag Hammadi se conserva en versión copta el Evangelio de Felipe. En este se cuenta que los discípulos llamaban a Jesús el Nazareno sin darle a tal palabra significado gentilicio alguno, todo lo contrario, era un renombre, un apodo. Además en los textos en griego de Mateo 4, 13 y Lucas 4, 16 se usa el vocablo nazará al referirse a Jesús, vocablo que significaba verdad y que ambos evangelistas obtuvieron de fuentes anteriores. Si ahora sumamos que Yeshoshuá significa Yahvé salva, el salvador y nazará, verdadero, los discípulos llamaban a Jesús el verdadero salvador, el Mesías. Tanto la primera explicación, lo de Nazareno como voto, como la segunda, como un renombre entre sus discípulos, reflejan un apodo que acabó bautizando a todos sus seguidores de igual manera, natsorai en arameo y notsri en hebreo. ¿Qué podemos afirmar finalmente del origen geográfico de Jesús? Pues que suponemos que su infancia, y dadas sus principales amistades, transcurrió en algún pueblo de Galilea; que el lugar de su nacimiento no lo sabemos con certeza; y que lo de Nazareno fue probablemente un renombre que definió luego a los suyos.

jueves, 10 de abril de 2014

JESÚS HISTÓRICO 3: CUANDO NACIÓ JESÚS

La tradición dice que Jesús nació el 25 de diciembre del 1 d. C., pero esta computación fue producto más de una necesidad social que de un rigor histórico. Durante el Imperio Romano las fechas hacían referencia a la fundación de Roma, ab urbe condita, para abreviar, A.U.C. Sumido el imperio en una profunda oscuridad durante el siglo VI, y sin Roma como sede central, era menester crear otro calendario bajo la nueva perspectiva cristiana. Bajo el mandato de Papa Juan I fue cuando se creó este. El pontífice dio la orden a un humilde abad que estaba a sus órdenes. Dada la era cristiana en la cual se vivía, el nuevo calendario debía ajustarse al nacimiento de Cristo, pero primer problema, nadie sabía cuando lo hizo éste. Dionisius Exiguus, nuestro abad, bajo la presión papal y el encargo impuesto, se equivocó en la fecha y con ella eliminó hasta el cero del calendario. El primer error fue utilizar el calendario romano para calcular la fecha del nacimiento de Jesús. Nuestro monje asignó el primer día del año romano, el 1 de enero, al nuevo calendario. El año del parto lo estableció por aproximaciones varias hasta decretar que fue el 754 A.U.C., algo paradójico si, y según los evangelios, Jesús y Herodes fueron coetáneos. Este rey, Herodes el Grande, murió el 750 A.U.C., es decir el 4 a. C., cuatro años antes de nacer Jesús. O bien los evangelios erraron al juntar en la misma época a Jesús y Herodes, o el abad no se percató de aquella contradicción. El segundo error de Dionisius Exiguus fue probablemente asignar el uno de enero del año uno al día en que Jesús fue introducido en sociedad, su circuncisión, su Alianza con Dios, la berit. Este rito lo solía ejecutar el padre en señal de reconocer al hijo como suyo y de incorporarlo a la sociedad judía, a la Alianza con Yahvé. De hecho la circuncisión acabó llamándose berit, alianza. La costumbre judía era circuncidar al recién llegado ocho días después de nacer, por tanto restando esos días al 1 de enero del 754, se obtenía el 25 de diciembre del 753, la fecha del nacimiento de Jesús. Casualmente esta misma fecha correspondía al nacimiento de una diosa que la mayoría de los primeros cristianos veneraba paganamente, Mitra, y que la iglesia católica de aquellos tiempos deseaba integrar como práctica cristiana. Independientemente que se quisiera o no absorber el nacimiento de Mitra con el de Cristo, el 25 de diciembre se hallaba en contradicción con los textos evangélicos. Si los pastores que adoraron a Jesús durmieron al raso probablemente el Nazareno no nació en invierno. O los evangelios se confundieron o Dionisius no se dio cuenta de la nueva paradoja. Pero el tercer error de Dionisius fue la falta de aritmética. Nuestro abad decretó que en el mismo momento de nacer el Nazareno ya había pasado el año 1 d. C., es decir, no hubo año cero. Eso implicaba que entre el 753 y el 754 A.U.C. no transcurría un año, sino dos. Del 1 a. C. (753 A.U.C.) se pasaba directamente al 1 d. C. (754 A.U.C.) sin pasar por el cero. Cuando alguien nace posee 0 años y pasado un año cumple su primer aniversario. Jesús fue distinto ya que en el mismo momento de su nacimiento ya había transcurrido un año, aunque celebraría su primer aniversario en el 2 d. C. Aquel error supuso que todos los posteriores cambios de siglo o milenio fueran siempre un año más tarde. El siglo II empezó en el 101 y no en el 100, el segundo milenio no comenzó en el año 2000, lo hizo en el 2001. A pesar de todos los errores del calendario anterior, éste se fue extendiendo durante la edad media. Posteriormente al siglo VI d. C., y olvidado por completo el Imperio Romano, la costumbre cristiana de hacer referencia a los hechos históricos con el antes o el después del nacimiento de Jesús fue creciendo y se desestimó la antigua usanza de la fecha de la fundación de Roma, ab urbe condita, A.U.C. Todavía en el siglo XI el nuevo calendario no estaba del todo extendido por Europa. Por esta razón el cambio de milenio en el 1001 no revistió gran importancia, cosa que sí sucedió en el 2001. Cabe recordar aquí las profecías milenaristas de catástrofes y destrucciones que no sucedieron, algo que nos lleva a una conclusión, a ignorar a los milenaristas en el 3001. Descritos los errores de Dionisius, y las paradojas entre su calendario y los evangelios, sólo cabe una humilde conclusión, no sabemos cuando nació Jesús. En aquellas épocas sólo los notables practicaban el registro de sus onomásticas y el nazareno pertenecía a una familia muy modesta. Sin costumbre entre las clases humildes de celebrar aniversarios, y con un Jesús sin información de su pasado en los evangelios, nos hemos quedado a dos velas, y sin las de su cumpleaños, al no saber cuando nació.

miércoles, 9 de abril de 2014

JESÚS HISTÓRICO 2: MÉTODO DE ESTUDIO

¿Qué quería expandir Jesús que tanto enfadó a algunas clases sociales? ¿Una nueva religión? ¿Un cambio social radical? ¿Por qué asesinaron realmente a Jesús? ¿Por religión? ¿Por política? ¿Por error? ¿Quién sentenció realmente la ejecución del Nazareno? ¿Los romanos? ¿Herodes? ¿El Sanedrín? ¿Fue todo un complot para que Roma ordenara su muerte? ¿Un complot de la aristocracia judía? Leyendo los evangelios nos percatamos que existen demasiadas contradicciones para responder con claridad a las dudas anteriores. Hay que saltar a otro nivel, hay que comprender como fueron redactados los evangelios, y con ello, dar un giro a todos los hechos. Si a lo anterior sumamos otras informaciones sobre el contexto social del momento, más otros documentos actualmente disponibles, se llega a comprender como se expandió el cristianismo por el Imperio Romano y qué imagen se vio del Nazareno. En todo ello se pueden ofrecer algunas respuestas a las cuestiones iniciales. Pero el viaje de este libro no se apeará sólo en esta estación. La respuesta que se dará a las preguntas anteriores nos desvelará los fundamentos históricos de la fe cristiana. Si somos doctos con los evangelios, podremos aproximarnos a la historia de un personaje que unos creyeron el ungido de Dios, otros el Mesías galileo, y la mayoría el Cristo griego. Este ensayo invita a reflexionar sobre un doble asesinato que Jesús sufrió, una desaparición que conllevó un mártir y la fundación de una religión hoy presente en los cinco continentes: el cristianismo. En la bibliografía sobre Jesús existen a menudo dos tipos de libros. Por un lado aparecen los basados en la fe, exegetas o no, que intentan demostrar la existencia histórica de un Jesús mago, sobrenatural, hacedor de milagros, enviado por Dios y con una misión universal dirigida a todos los habitantes del planeta. Por otro lado surgen los poco, o nada, creyentes, que tras muchas elucubraciones y deducciones al más exagerado estilo CSI, caen en la ciencia-ficción sin jamás demostrar un Jesús hindú, gnóstico, templario, antroposófico, esotérico y hasta extraterrestre. En los primeros, los del Nazareno mago y hacedor de milagros, pesa más la fe que la razón, y en los segundos, más la ficción que la realidad. Los primeros siguen proclives a un Jesús de la fe divina, y los otros todo un Expediente X, un Alicia en el País de la Maravillas. En todo ello los inevitables prejuicios jalonan ambas literaturas, bien para mentirse a uno mismo, bien para mentir a los demás. La verdad es que resulta casi imposible no caer en un lado o en el otro. Este libro intenta mantenerse en la cuerda floja de la objetividad entre unos y otros; el lector juzgará al final. Para lograr tales equilibrismos lo primero que se estableció fue una correlación entre los principales hechos entre los evangelios canónicos a sabiendas que éstos no guardan cronología exacta ni ordenada de lo ocurrido. Para ver con claridad los posibles sucesos históricos se desestimaron las historias mágicas, ya que según muchos especialistas bíblicos, fueron elaboraciones y añadidos de los evangelistas. Por otro lado se optó por una lectura lo más científica posible, aunque los criterios de interpretación por la Pontificia Comisión Bíblica acordados en 1993 proponían que no se necesita el empleo de ningún método científico en la lectura de la Biblia. También se insistía en estos acuerdos que se debía vigilar de no conceder más atención a los aspectos económicos e institucionales que a las dimensiones personales y religiosas de los hechos manteniendo una sintonía y acogida positiva del mensaje de Jesús para aumentar la capacidad del experto bíblico en ver la realidad histórica. Nosotros en cambio hemos optado por el método científico que analiza los hechos, realidad pura, para luego aproximar la explicación más probable de los mismos. En ello se sigue el principio de parsimonia que ha permitido el desarrollo de todas las ciencias fundamentales, el progreso cognitivo humano y la mejora tecnológica del planeta. El principio de parsimonia, atribuido a Guillermo de Ockham, demuestra que la teoría que resulta más sencilla y lógica, pero que más misterios y preguntas responde, es la más cercana a los hechos reales. En una investigación criminal, o en un juicio, se aplica dicho principio para establecer inocentes, sospechosos y culpables. Así pues, para aplicar correctamente el principio de parsimonia se debe tener en cuenta todo el contexto histórico de los hechos y luego proponer la explicación más plausible. Utilizando las crónicas romanas, los manuscritos de otras procedencias y otros datos arqueológicos y antropológicos, se ha intentado evitar la literatura de los partidarios del Cristo mago y las narrativas de los defensores de un Jesús de ciencia-ficción. Así empezó este libro, de un lavado y de un orden de los hechos. Recorramos ahora la biografía de un hombre cuyo nombre pudo ser Jesús.