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miércoles, 19 de abril de 2017

83. Alumnos que MÁS fracasan


Con todo el análisis anterior, y aparte del 15 por ciento de alumnos con disfunciones cognitivas, podemos definir el patrón educativo no innato que más fracaso académico engendra. Fracasar en la ESO se da cuando los educadores dedican poco tiempo de calidad hacia sus hijos, es decir, cuando padres o tutores no saben o no quieren preocuparse por la enseñanza de sus hijos. Si a ello añadimos demasiada libertad de movimiento con la televisión, Internet, amistades o paseos fuera de casa se da con la guinda del asunto. Por tanto, y a nivel familiar, la principal causa de desastre escolar es el ausentismo de los padres. Un escaso tiempo dedicado a los hijos sin compartir juegos y deberes aumenta claramente el riesgo que éstos repitan curso, que no terminen la ESO con éxito y que sus capacidades lingüísticas sean limitadas.

-        Yo, señor Riduestre, no puedo pelearme a diario con mi hijo – aseguraba una madre -. Apenas lo veo unas pocas horas al día y prefiero verle feliz durante ese rato conmigo. Por eso le alquilo videojuegos cada noche y no le obligo demasiado a estudiar.

        Ya se argumentó que esto halla una clara correlación con estudios neurobiológicos. El equipo del doctor Vincent J. Schmithorst del Hospital Infantil de Cincinnati describió la relación entre el desarrollo de la sustancia cerebral blanca, y responsable del aprendizaje humano, con el cociente intelectual de muchos niños. Repitamos aquí que en chavales desatendidos por sus familias su sustancia blanca era un 17 por ciento menor que la de los bien atendidos, y a menos mienelina menos capacidad de aprendizaje, de hábitos de estudio, de esfuerzo y más fracaso escolar. Veamos ahora algunos ejemplos de padres que desatienden a sus hijos total o parcialmente.


-        Ya me dijeron un día que mi hijo sufría de hiperactividad, ¿sabe? Y aunque yo jamás le castigo durante el poco tiempo que estoy en casa, eso que haga campanas, falsifique mi firma en las notas y suspenda el curso, es algo previsible dada su hiperactividad, ¿cómo quiere que le diga que NO lo haga?

Algunos se daban cuenta de su error pero no podían admitirlo externamente:

-        Mi Oriol sabe disimular muy bien sus fechorías, hasta me convence para que NO le castigue por las noches cuando llego a casa. Esto que usted me dice, que ha falsificado las firmas para que no hubiera entrevista entre ustedes y nosotros, la verdad, me cuesta creerlo. Yo esperaba esta conversación hacía meses.

Y existían padres ausentes que iban más allá de la justificación, llegaban a la acusación:

-        Fueron ustedes, y no yo, quienes no le educaron bien. De hecho, y esto lo sé de buena tinta, lo han estado acosando durante todo el curso a pesar de todas mis llamadas desde el trabajo. Y no me nieguen eso, mi hijo, a mi, jamás me mentiría.

Y todo lo anterior implicaba que este tipo de educadores estaban muy poco con sus hijos para revisarles los deberes, jugar con ellos y darles pautas. En fin, que la tarea educativa recaía más en el colegio que en la familia ante unos rapaces con un 17 por ciento menos de sustancia cerebral blanca. A lo anterior solía sumarse la discrepancia educativa entre la pareja, una baja disciplina por parte de éstos y el deseo de ser amigos de sus hijos, toda una guinda para el pastel del fiasco escolar. Sin límites ni rutinas impuestas todo era demasiado fácil y el escolar en nada valoraba lo que se le ofrecía, aprender. Un profesor me contaba lo que hacía con este tipo de alumnos, les ofrecía ser el referente paterno o materno que en casa no existía. En primero y segundo de la ESO jugaba con ellos a través de bromas y técnicas de clase, algo que en su casa no se les daba. En tercero y cuarto dejaba el juego y les escuchaba para dejar que los escolares se ganaran su favor personal si cumplían los pactos acordados. Si no los acometían el docente rompía el acuerdo y denegaba conversación o juego con ellos. Una reacción así lanzaba un mensaje subliminal al púber, el perder otra vez a su adulto, a sus padres ausentes. En la mayoría de casos los chavales intentaban recuperar de nuevo a su referente adulto.

Otro ejemplo similar me lo contó otro profesor de tercero de ESO. Éste, mientras vigilaba a los expulsados, establecía el siguiente puente con los díscolos, les dejaba entrar con su portátil al Youtube para visualizar videos bajo la supervisión del susodicho educador. Con ello se hacía caso a los chavales, algo que en casa no ocurría, y por el otro, se les marcaba un pacto, silencio y tranquilidad a cambio de compartir esos momentos con ellos. Los chavales accedían y al final alcanzaron cotas de sinceridad muy elevadas. En fin, que todo humano necesita de la dedicación de otros humanos.



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