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lunes, 20 de marzo de 2017

80. Agazapados a un transtorno


    Saber que un hijo padece microcefalia, retraso mental, esquizofrenia, un CI por debajo de lo normal, problemas de lateralidad o una dislexia aguda no agrada a ningún padre y cuesta digerir la realidad, incluso no se acepta. Téngase en cuenta que este tipo de anomalías conllevan unos rendimientos académicos bajos o nulos y eso hace mella en cualquier familia. Por otro lado, la clase puede llegar a apartar al individuo anómalo y relegarlo de cualquier representatividad. Que los niños son crueles siempre se ha dicho, pero los adolescentes pueden ser peores. En la ESO el anómalo sigue siendo infantil mientras en el aula las feromonas se disparan viendo tangas o calzoncillos por detrás de los pantalones. En fin, que sin quererlo los compañeros van dejando al raro a un lado quedando éste inmerso en su niñez tardía. Recuerdo el caso de un chaval con microcefalia que durante primaria todos sus compañeros le acompañaban y ayudaban. Aquí padres y docentes dieron su do de pecho para que el resto del grupo fuera consciente de su deber solidario. La cosa cambió en secundaria cuando todos los chavales, menos el afectado, despertaron a la adolescencia. Este, sin ser rechazado por la clase, empezó a estar solo en patio, pasillos y pupitre. En estos casos extremos resulta aconsejable derivar al anómalo a un centro especial pero tal indicación topaba con los padres y con los pedagogos de la escuela inclusiva.

-        Pero profesor Riduestre, si nuestro hijo se halla perfectamente adaptado al grupo – argumentaba la madre ­-. Un cambio de centro no lo entendería, sería incapaz de adaptarse. Mejor que lo pasen a segundo de ESO y que siga en este centro. Compréndanlo, mi marido y yo defendemos la escuela inclusiva y nos negamos a llevarlo a un centro especial.

        La soledad del pobre chaval continuó durante todo segundo. Antes de pasar a tercero los padres lo trasladaron a un centro especial. No era culpa del centro, ni de los compañeros, éstos eran conscientes de la diferencia pero simplemente, y a la mínima, se les olvidaba.

En el caso anterior los padres vivieron aferrados a un diagnóstico con la esperanza que su hijo llegara a ser normal dentro del grupo. En la mayoría de patologías leves como son dislexias, problemas de lateralidad y sorderas, la anomalía suele mejorarse con un diagnóstico prematuro, correcto y con un tratamiento inmediato y adecuado, algo que llevamos insistiendo durante todo el libro. De todas formas, no deben esperarse milagros ya que la medicina y las terapias no son garantía que el zagal llegue a ser un Einstein, sobretodo porque el padre de la relatividad suspendió algunos exámenes de física.

Por desgracia, algunos progenitores hallan en la anomalía de su lechón un mástil justificador en donde aferrarse ante cualquier mal hábito de su hijo. Estos son los educadores agazapados a un diagnóstico.

-        Usted ya sabe que nuestro hijo padece de hiperactividad – inquirieron unos padres a un tutor.
-        Sí, claro – respondió el docente.
-        Vemos que sus resultados académicos no mejoran. ¿Cómo piensan entonces atenderle para corregir su TDAH?

Y como en otra ocasión ya mencionada, el problema no residía en el esfuerzo de los profesores, pesaba en la voluntad del alumno y de sus padres. La hiperactividad le servía de excusa para vivir en una total hipoactividad, es decir, que no pegaba ni golpe sin terminar jamás los deberes que el educador le preparaba exclusivamente. Es más, faltaba muy a menudo a clase. Al final hacía tantas campanas el púber que en clase lo apodaron el catedral. Eso sí, sus padres le justificaban todas las ausencias bajo excusas de lo más peculiares.

El pasado viernes por la tarde mi hijo estuvo en casa de un amigo donde se quedó dormido y por eso no pudo asistir al colegio.

Ya se demostró en un apartado anterior que ciertas situaciones con esfuerzo se superan, pero que si los padres las utilizan como estandarte justificador de su hijo jamás podrá éste escapar de la disfunción psicológica en la que se ha acomodado. En fin, cuando unos educadores hallan en una patología leve la excusa para justificar a su lechón, pasan inmediatamente a ser creyentes de un diagnóstico que incapacita aún más al chaval. Se vuelve a insistir que la actitud influye más que la capacidad innata del individuo y que el estudio esforzado, que ya se comentó, crea chicos brillantes con gran independencia del genoma heredado. Los padres agazapados a un diagnóstico también se encarcelan a si mismos al no poder escapar de su creencia. Cabe recordar que la inteligencia no es una capacidad inmutable sino maleable. Con esfuerzo el individuo puede mejorar sus potenciales mentales.

De todas formas estos progenitores poseen grandes cualidades. Son padres que controlan y atienden a su hijo en todo lo necesario. Al recibir gran ayuda externa de especialistas no discrepan entre ellos y controlan en gran manera el entorno de su hijo. Sí que le justifican ante los demás siendo un poco protectores sufridores. De todas formas, y ante un escenario así, es harto normal que los chicos se vuelvan unos simpáticos caraduras. Su nivel de trabajo se vuelve muy inconstante y cuando traen los deberes hechos de casa se nota la ayuda externa en su ejecución.

-        Oriol, ¿por qué no estás dibujando?
-        Yo ya lo intento, pero es que en casa me sale mejor.

        Por otro lado, ni son zagales frágiles ni tampoco insistentes en sus caprichos. Sí que desarrollan cierta introversión y baja autoestima al sentirse distintos al grupo, algo que se hace patente con su bajo orgullo. Al final el riesgo que repitan curso es más que elevado, es seguro.
Cabe hablar aquí de una tendencia educativa que ayuda a éste tipo de alumnos, la escuela inclusiva. En ella hay detractores y defensores que se hallan en extremos opuestos y nada antagónicos. La escuela inclusiva propone que todos los niños de edad similar convivan en la misma clase a pesar de las limitaciones físicas o cognitivas de algunos. La idea aparentemente es justa y progresista pero hay casos que resultan muy difíciles de abordar. Para defectos de visión, paraplejías y leves trastornos psicológicos la escuela inclusiva resulta una gran herramienta de socialización escolar, pero en casos extremos como microcefalia, síndrome de Down o psicosis ésta resulta muy discutible, sobretodo cuando se llega a la adolescencia y los compañeros de grupo olvidan inconscientemente al rezagado. Éste sufre el aislamiento involuntario y los demás, por mucho que se les inculque, se les olvida continuamente.



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