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martes, 28 de marzo de 2017

81. Padres estrictos, ¿supereducadores?


        ¿Qué hay más allá del Polo Norte? Pues alguien anduvo mucho y lo averiguó, el Polo Sur. Ir más allá de lo establecido nos lleva muy lejos, nos puede transportar al otro extremo de lo buscado, a lo contrario. Las morales estrictas se hallan ligadas a convicciones religiosas, sociales, políticas o de otro estandarte. Una educación bajo ese influjo roza la perfección, tanto que puede que el mundo del adolescente pegue la vuelta, el Norte se nos vuelva Sur. La pubertad se caracteriza por cuestionar todo lo que los adultos impusieron. Cambiar las cosas e incluso dirigirse a los extremos suele suceder durante esta etapa de la vida.

-        No comprendemos sus desafíos – comentaba preocupada una madre ante el tutor de su hijo -, le hemos dedicado todo nuestro tiempo educándolo e inculcándole buenos valores. De pequeño siempre nos dijeron que parecía tan maduro que ahora nos sorprende su rebeldía.

Y es que la adolescencia les hace huir de nosotros y de nuestros preceptos tan perfectos. Quizás la pubertad exista como una adaptación biológica para que se produzca el progreso cultural en nuestra especie, aunque dudo mucho que esto sirva de consuelo a quienes padecen púberes recalcitrantes por casa. Quizás haya que comprender que una moral demasiado estricta da unos frutos educativos relucientes y muy maduros, pero puede que la adolescencia y su giro de polos los eche a perder, es decir, que lo muy maduro se pudra. Cuando eso ocurre puede que estemos delante de unos supereducadores, padres muy controladores del entorno, amistades y actividades del retoño. Entre ellos no suelen discrepar ante el zagal ya que el frente está muy unido bajo una misma moral o creencia. Tampoco justifican a su prole ante los demás ni le ríen las gracias. En cuanto al tiempo con sus hijos compartiendo juegos, amor y disciplina es de alta calidad. Visto lo anterior, no suelen ser amigos de sus hijos pero sí sus fieles educadores. En fin, que son todo un ejemplo a seguir. Entonces, ¿cuál puede resultar el problema? Pues el excesivo aislamiento de lo externo. Un modelo de supereducadores que ilustra lo anterior lo protagonizan los padres que se niegan a escolarizar a sus hijos. Éstos suelen ser familias de buen nivel adquisitivo y cultural. Ellos mismos se responsabilizan de formar a sus chavales en ciencias, humanidades y valores humanos. Argumentan estos padres que la sociedad educa en la contradicción y esto hace mella en la formación de su prole. Si por ejemplo en clase se dice que fumar es perjudicial pero en la entrada del colegio ven a otros educadores inhalando nicotina se entra en la paradoja.

Aunque toda la argumentación anterior parezca teóricamente razonable, en la práctica también resulta un error. Poseemos un cerebro paleolítico, es decir, una mente que no ha cambiado demasiado durante los últimos 200.000 años. Pese a ello, ésta lleva millones de años adaptándose a lo que todos los primates superiores hacemos, vivir en sociedad. Lo más natural desde la aparición de nuestro ancestral encéfalo, que no estúpido, es que los muchachos y muchachas vivan en contacto los unos con los otros, que se socialicen y que las contradicciones sirvan para aprender a elegir. La escuela en casa defendida por John Holt (1923-1985) pudiera acarrear problemas de socialización si los padres lo hacen mal. Holt defendía que la culpa del fracaso escolar era de los maestros en infantil y primaria, por ello proponía que la escuela fuera en casa. En teoría, y a la práctica también, el éxito de los niños así educados no ha sido malo. En Estados Unidos un 3 por ciento de la población infantil así se les prepara y sus niveles son mejores que los del colegio público. Es decir que estos padres saben socializar correctamente a sus niños. En caso contrario pudiera suceder que un infante mal socializado sufriera un choque el día que se trasladara a un mundo desconocido. Pongamos el caso de un chaval de buena familia que jamás haya pisado un barrio obrero, ¿qué siente si de repente se le abandona allí? Pues incomodidad, miedo y hasta incluso superioridad por falta de humildad. La educación es como una ensalada mediterránea, debe llevar de todo. Los estudiantes deben acostumbrarse a un máximo de situaciones. Si los padres de la educación en casa así lo hacen no parece una mala idea su didáctica. De hecho así les imparten un buen nivel de lingüística, aritmética y demás especialidades que las pedagogías teóricas han denostado. Bien llevada, por tanto, la niñez en casa resulta algo recomendable aunque muy caro. El problema es que en nuestro país ello choca con cierta ilegalidad.

Volviendo a los padres supereducadores vemos que, y sin quererlo, han impulsado un adulto artificial y prematuro, alguien que ha desarrollado un ego muy fuerte pero sujeto a los preceptos inculcados y no a las experiencias externas. Cuando llegan a la pubertad, y curiosean el mundo que les rodea, son una bomba de relojería si caen en malas manos. Recuerdo el caso de un alumno ejemplar de segundo de ESO que trajo a un docente un librillo peculiar. En la tapa de color rojo brillaba en oro el título ¿Existe un Creador que se Interese por Nosotros?

-        Quería saber tu opinión sobre estos escritos, es un regalo – le comentó el muchacho al docente entregándole el libro.
-        Ya sé que en casa sois testigos, así que debo preguntarte, ¿es un regalo o un intento de evangelizarme? – preguntó el profesor al no ser practicante.
-        Un regalo. Quiero saber tu opinión.

Y fue cierto, el adolescente empezaba a tener sus dudas sobre lo inculcado, comenzaba a buscar sus caminos. El docente le dio su opinión científica sin mezclar religión con empirismo y sació su curiosidad. Esta vez, supongo, la bomba de relojería cayó en buenas manos. Así pues, estos escolares maduros, aunque antes de hora, corren el riesgo de explotar si algo los desestabiliza al convencerles de otras alternativas que las impuestas por sus padres. En breve un nuevo capítulo de Rebelión en la Granja sucede en la República Independiente de su casa.

De todas formas estos zagales son ejemplares en muchos aspectos, con una autoestima muy alta no exigen muchos caprichos a sus padres. Orgullosos, que no provocativos, presentan un riesgo de repetir curso casi nulo, a no ser que su polo Norte se dirija al Sur. A nivel académico son de una constancia y perseverancia impresionantes, hasta de una inteligencia envidiable gracias al estudio esforzado aplicado. La verdad es que los supereducadores realizan prodigios con sus hijos gracias a una gran dedicación y a un buen ideario moral. A tenor de esto hay que admitir que la genética no siempre es la razón de la inteligencia. Ya se ha argumentado que los niños brillantes no nacen, se hacen, algo que choca con nuestra concepción determinista del tan de moda genoma humano. Ahora todo parece contenido en nuestros genes siendo la cultura quien amasa el barro de nuestras capacidades innatas. Cierto es que heredamos potenciales gracias a nuestros cromosomas y que bajo un buen influjo éstos llegan a fructificar como deben, pero la inteligencia de los hijos de los supereducadores, y según los últimos descubrimientos en neurobiología y sicología, surge claramente más del influjo familiar que no del genoma heredado, todo lo contrario de lo que creían los padres agazapados al diagnóstico. Ya dijimos que el estudio esforzado producía una mayor mielinización de las neuronas y que ello daba a los estudiantes mayores capacidades mentales. Con ello no se pretende ningunear el papel innato de las capacidades individuales, sólo se quiere recalcar la fuerza que posee una educación bien dirigida, la de los supereducadores. Obviamente cuando un zagal se halla bajo unas limitaciones clínicas toda educación esforzada no obtendrá todo el potencial del chaval si en infantil no se diagnosticó y trató su disfunción.



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