CRUCE DE
CAMILOS
Llegó la
invitación por correo postal. Camilo supo de inmediato que aquella
misiva era para él: la universidad lo invitaba formalmente debido a su
formación como antropólogo. Por desgracia, la entidad cometió el error de
omitir en el destinatario un detalle crucial, por lo que la confusión estuvo
servida.
El padre de
Camilo, que compartía el mismo nombre, interpretó que—dada su fama y
reconocimiento mundial como escritor y senador—el invitado a aquel congreso de
antropología era él y no su vástago. Por más que insistió el joven Camilo, no
hubo manera de convencer a su henchido progenitor para que cediera el puesto.
Aquel «macho alfa» decidió que sería él quien viajaría al otro lado del
Atlántico con todos los gastos pagados. Al final, y sin tener la menor idea de
evolución humana, el entrado en carnes y veterano Camilo supo cómo quedar bien
ante los expertos.
En definitiva,
la ausencia de un segundo apellido en un sobre dejó en tierra a quien debía ir
y colocó al pícaro en la palestra. Ahora, ya lo saben: jamás confundan al bueno
del hijo, Camilo José Cela Conde, con el célebre —y rotundo—
padre, Camilo José Cela Trulock.

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